Parece que la selección española de fútbol decidió perder para llegar a tiempo a las hogueras de San Juan. En Brasil acaba de entrar el invierno y como en el hemisferio de uno, la verdad, en ningún sitio. Sobre todo porque últimamente en cuanto te das una vuelta por el extranjero para echar un partidito, te cambian el rey, y, sobre todo te cambian la reina. Dejas a una en palacio desayunándose un yogur y te encuentras en su lugar a otra untando cabrales en el pan. Así, con ese temor, no hay quien juegue al fútbol, la verdad. La morriña de de los españoles, como la de los irlandeses, pueblos de emigrantes ambos, es proverbial. Los españoles en el mundo, ahora sabemos gracias a la televisión que lo que más echan de menos es el jamón serrano y a su madre.
Pero nosotros los gallegos -se ha sabido esta semana- somos el pueblo más infeliz de España, a pesar del verano que se inicia con la quema de rastrojos de San Juan y sigue con la explosión de fiestas en toda esa tupida red de municipios que conforman lo que se viene en llamar el rural. Ser gallego nunca fue fácil. Primero por la lluvia, claro, pero también por el aislamiento, la insolidaridad a que nos tienen acostumbrados nuestros Gobiernos centrales sucesivos. Por los cocientes de paro, las bajas rentas per cápita, las malas comunicaciones. Por el maltrato de los bancos, por la lentitud -la casi parálisis- de los juzgados. En fin, por el abandono y el olvido. Tal vez yo no sea suficiente la noche de San Juan o la orquesta Panorama.