Los ayuntamientos de Galicia están de enhorabuena. Después de años de apreturas económicas, concellos como Mazaricos, Mesía, Frades, Santa Comba, Lalín, A Pastoriza, Castro de Rei o Cospeito podrán ver la luz al final del túnel. Tenían la solución justo delante de sus narices. Pero no la habían cheirado. Si, como en Santiago, multan a sus ganaderos con 750 euros cada vez que sus vacas bauticen una pista, sus estrecheces estarán superadas. Y, de paso, controlarán el feísmo de origen animal. No vaya a ser que uno se encuentre con indicios bovinos en una aldea de Galicia. Faltaría más. Desde luego, tiene mucho más glamur el rastro fecal que dejan sobre el empedrado los caballos de cualquier guardia real que se precie. O el que regalan los équidos de los rocieros. O el que legan las ovejas trashumantes que cruzan Madrid una vez al año para solaz de los turistas. Al fin y al cabo las defecaciones, como todo, dependen del contexto en el que se enmarquen. Quizás algunos se sorprendan por encontrar en su camino boñigas que amenacen con romper su ideal de belleza rural, su fantasía de campiña al estilo de Jane Austen. Para los que no tienen skyline en su cielo no son mejores los perfumes que a veces ofrecen las junglas del asfalto. El olor de esas esquinas traicioneras en las que florecen espontáneos Manneken Pis, el aroma a fritanga que desprenden ciertas rejillas o la fragancia que emana de los contenedores de basura cuando los hace sudar un buen día de verano. Sin embargo, se acepta que todo forma parte del paquete urbano.

Aquí la cuestión no es qué fue primero, el huevo o la gallina. Pero la respuesta es que primero, antes que los chalés, estaba la vaca.