Florencio de Marcos Madruga. Es posible que a ustedes, como a mí hasta ayer mismo, este nombre no les diga nada. Y, sin embargo, don Florencio es hoy para mí un héroe nacional al que debería erigírsele un monumento, aunque solo sea por demostrarnos que existe todavía un gramo de decencia en este país y que no todos los representantes de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial han perdido definitivamente la cabeza. ¿Y qué es lo que ha hecho don Florencio de Marcos Madruga, magistrado juez del Juzgado de Vigilancia Penitenciaria número 1 de Valladolid, para recibir semejantes honores? Pues algo tan sencillo como poner negro sobre blanco lo que todo español decente pensó cuando vio a un sonriente Jaume Matas, condenado por un delito de tráfico de influencias y con 20 causas pendientes, saliendo feliz y contento de la cárcel, con su librito en la mano y todo, solo dos meses y medio después de ingresar en una prisión en la que solo pisó el módulo de enfermería y en la que su única actividad fue jugar al frontenis. «¡Qué escándalo!», pensaría cualquiera. Pero no el Gobierno, que concedió al expresidente de Baleares el tercer grado penitenciario en contra del criterio de los técnicos de la cárcel de Segovia en la que cumplía condena, por decir algo.
Sostiene don Florencio de Marcos Madruga, sin embargo, que otorgar el régimen de semilibertad a Matas «no tiene sentido», dado que el fin de la pena es la «reeducación del interno». Y que ese fin, obviamente, no se ha conseguido, ya que «no hay prueba alguna de la existencia del arrepentimiento, asunción del hecho, conciencia del daño causado y del descrédito causado a la Institución Pública». Para comprobarlo, añado yo, no hay más que ver la prepotencia con la que Matas dejaba atrás el talego, con sus manos en los bolsillos y la chaqueta colgada del brazo. Que solo le faltaba ya silbar. Asegura el juez que conceder el tercer grado a Matas es susceptible de proyectar sobre la comunidad una sensación de «cierta impunidad». Y tanto. Pero don Florencio, y ahí está su mérito, no se limita a revocar el tercer grado, sino que le endilga al Gobierno una soberana lección moral al afirmar en su auto que dejar libre a Matas «puede generar una ruptura en la confianza de los ciudadanos en el sistema democrático, en la validez del propio Estado de Derecho consagrado en el artículo primero de nuestra Carta Magna». Y remata brillantemente: «En una época de crisis económica, a la cual no es ajena una subyacente crisis de los principios y valores esenciales de la convivencia y solidaridad (véanse los escándalos económicos tanto en España como fuera de ella), las normas de protección de la sociedad no pueden verse arrastradas por tal corriente». Bravo. Ganas me dan de viajar a Valladolid a abrazar a don Florencio de Marcos Madruga por darme una oportunidad de creer que este país tiene todavía remedio. Pero, cuando compruebo que Matas no volverá a prisión porque ha recurrido el auto, mi entusiasmo decae.