El jardín del Gaiás

Andrés Precedo Ledo CRÓNICAS DEL TERRITORIO

OPINIÓN

10 ago 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Hace ya veinticinco años más o menos, escribí en este periódico sobre el despilfarro que supondría la idea de construir un gran complejo cultural en el monte Gaiás. No creí que aquel boceto, entonces era lo único que existía, pudiera llegar a tener las dimensiones que después alcanzó. El dibujo inicial contemplaba el mismo diseño pero las dimensiones eran menores, y el supuesto coste también, pero su funcionalidad descansaba en ideas tan vagas como innecesarias para la Galicia de entonces y menos para la Galicia de hoy. Tampoco a la ciudad de Santiago le podría aportar lo que se pensaba, principalmente por el grave error de la ubicación buscada. No pocos me tacharon de localistas, como algunos siguen diciendo de este medio por ser el único que se atrevió a denunciar tamaña insensatez. Nada más lejos. Claro que muchos colegas universitarios y escritores de opinión defendieron con ahínco el proyecto, unos por convicción y otros porque obtuvieron pingües ingresos por la redacción de los muchos informes que los sucesivos gobiernos encargaron.

Han pasado los años y ni los resultados justifican la inversión realizada, ni los millonarias contratos de grandes exposiciones atraen visitantes más allá de escolares, amas de casa y jubilados. Hacía tiempo que no volvía a tratar este tema, pero como una serpiente de verano, volvió a llamar mi atención por la acertada decisión de Núñez Feijoo de convertir el espacio intermedio en un jardín literario con un lago que refleje las cumbres de cuarzo, cuyo mantenimiento nadie sabe cuan gravoso será. Queda aún el solar del que iba a ser el suntuoso palacio de la música, cuyo nombre evoca por si solo desazón, porque en todas las ciudades y villas gallegas las organizaciones musicales existentes están amenazadas por la escasez de los apoyos presupuestarios. Como también siguen exhibiendo sus heridas conjuntos patrimoniales de tanto valor como el del monasterio de Monfero y Montefaro, la iglesia del Diomondi, el convento de Moraime, y otros muchos monumentos que ahora no me vienen a la memoria. Recuerdo a quienes afirmaban que así como el Guggenheim había reactivado la metrópoli vasca, el Gaiás dinamizaría la cultura, el turismo y la proyección internacional de nuestra bellísima capital autonómica.

El tiempo ha sido el mejor aliado para desmentirlo, porque ni la proyección mundial del camino, ni la afluencia masiva de turistas, ni la dinamización cultural de Santiago precisaron de tal monumental e inútil acrópolis para alcanzar cotas impensables hace veinticinco años. Santiago es una ciudad inmensa por su significado y su contenido, y Galicia es un territorio en el que la cultura material e inmaterial, en todas sus manifestaciones se muestra exuberante a un lado y otro de todos los caminos, principalmente de los jacobeos. No necesitamos grandes construcciones. Conservar, mejorar y dar vida a nuestra herencia cultural es suficiente. Además cumpliremos nuestro compromiso con las generaciones venideras que, aunque muy diezmadas por la grave recesión demográfica, seguirán manteniendo el orgullo de su galleguidad y de lo que significa la cultura para la identidad gallega. Así que bienvenido el jardín y el lago y a la espera de su prolongación en el otro espacio sobrante.