Solían llegar los primeros fríos, pero ahora, como el tiempo anda extraviado en un bosque de isobaras, nubes y claros y chubascos dispersos, el frío de otoño que anuncia el invierno ya no es lo que era. Yo, cuando niño, estrenaba un abrigo, que me tenía que durar al menos tres años, el día de Todos los Santos, y por San Martín ya ponía una ridícula bufanda tejida, calcetada por alguna tía, que siempre era de color gris como yo imaginaba, por las ilustraciones de los libros de Dickens, que eran las bufandas de los niños pobres.
Existe todo un refranero popular de noviembre trufado con el santoral que va desde el primer día del mes hasta San Martín, San Eugenio y San Andrés, cuando llega invariablemente el invierno.
En Galicia, San Martín, el once de este mismo mes, se vincula a la matanza del hermano cerdo. Existe literatura popular suficiente acerca de esta auténtica fiesta de invierno que se celebraba después de sacrificar al gorrino y dar cuenta de las primeras viandas. Yo, que soy de la Galicia litoral, de un pueblo tendido a la orilla de la mar, no tengo memoria precisa del país rural donde la ceremonia de matar al cerdo marcaba un antes y un después en la estación con el clima más hostil del año. La fiesta de la matanza ponía luz en la noche, y un arcoíris nocturno iluminaba las aldeas. El animal totémico de todos los gallegos era la despensa nutricia en los pueblos del interior para el año entero.
Conservo un recuerdo gustativo de las pocas veces que comí sangre e hígado como ofrenda primera de un cochino recién sacrificado. Creo que una prohibición sanitaria alejó de los paladares tan primigenio manjar.
Por San Martín los magostos son una ofrenda a la naturaleza, a la madre tierra, por regalarnos sus frutos anuales. El castaño es, junto con el nogal y el padre carballo, el roble, la trilogía, el santo y seña de este viejo país, que en el bosque conforma su identidad y oculta la rama dorada de las tradiciones mágicas, de los celtas y otros pueblos que se asentaron en este finis mundi. Noviembre es indudablemente el mes de las castañas, que asadas o cocidas, o presumidas, vestidas de marron glacé, saciaron el hambre de siglos hasta que la patata se convirtió en reina de la mesa.
Los gallegos somos árbol, madera de un viejo tronco novembrino que no abate la lluvia ni el viento, somos la mitad de la capa que el obispo de Tours, el san Martín militar y guerrero que abandonó el ejército porque no podía hacerlo compatible con la espiritualidad, compartió, con un pobre aterido de frío a la entrada de Amiens, la mitad de la capa que cubre el pueblo de los gallegos que cada año, por San Martín, ejercita con la matanza el milagro de la carne que abastece de costilla, lacones, jamones, chorizos, cachuchas y toda suerte de embutidos, la mesa que ha de satisfacer las hambres atávicas de un país tan pobre como imaginativo.
Y yo fantaseo con san Martín, jinete, bajándose del rocín para apañar las castañas que la brisa descolgó de los árboles, y que luego repartiría con los pobres de Amiens o de Tours. Quién sabe.