Hay personas que tienen un maletín con un millón de euros en el dormitorio y no saben por qué. Un día llega un guardia civil y se encuentra la cartera y la pasta y esas personas defienden que fue el carpintero de Ikea. Esos señores creen que es más probable que el maletín sea del operario que de un yerno que está en la cárcel por cobrar mordidas. La explicación es un principio de clase, pura cuestión estética: un exsenador no tiene el mal gusto de meter a sus familiares en un lío. Lo dijo esta semana así, textual, el suegro de Francisco Granados ante el juez. También dijo que por su cuarto pasaba mucha gente y que cualquiera pudo poner allí la valija. Hay entornos en los que todo está permitido excepto llevar la corbata torcida, familias en las que el único motivo de destierro es combinar mal los cubiertos o que a la chalina de cachemire le salgan bolas. Practican esa depravación moral que justifica cualquier perversión macerada en Dom Perignon. Perdonan antes el delito que la ordinariez. Por poder, hasta puede que en el costado del loden se les intuya la anatomía de una pistola pero son personas de orden, con esa elegancia rancia que exudan los que jamás salen a la calle con las arrugas de una camisa con la que antes se han remangado. Hay personas que confunden la honorabilidad con el bótox. Soportan el principio de inocencia en unos gemelos de brillantes aunque los hayan robado y el de culpabilidad en unos tejanos de los chinos aunque sean fruto del sudor. A veces se encuentran un Jaguar en el garaje y lo confiesan con esa naturalidad de quien solo se sube al metro para vivir una aventura de middle class. Creen que la elegancia se sustenta en la apariencia y les provoca más ansiedad su sentido de la vulgaridad que un millón de euros bajo la cama. Aunque se lo hayan afanado al carpintero.