Gracias por nada

María Xosé Porteiro
María Xosé Porteiro HABITACIÓN PROPIA

OPINIÓN

22 abr 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

¿Dónde está el límite de nuestra resistencia ante el horror? En esta fría primavera de un siglo XXI adolescente, somos espectadores en tiempo real del Gran Hermano instalado en un campo de concentrados en huida hacia la nada. Empaquetaditos. Amputados los miembros y los torsos en porciones. Solo así saldrán de Idomeni los desposeídos hacinados en barrizales de miedo y muerte. Así los dejaremos por fin partir, con el pasaporte burocráticamente sellado, hacia un peor infierno. Con pólizas que acreditan que consiguieron pisar tierra europea donde ciegos desalmados les hemos abierto las puertas hacia el cielo en el que se almacenan los mártires. Pero no era Europa. Es Saturno devorando a sus bastardos hijos orientales. O tal vez sea Jack, «el civilizado destripador», quien campa a sus anchas por los alambres y las telas desgarradas de las tiendas. Jirones de infancia tapizan los caminos. Escatología política. Pornografía de la tortura legalizada en los despachos de Bruselas. Sadismo en la indiferencia de la ciudadanía.

Mientras tanto, aquí y ahora, en el extremo occidental de Europa, nos sabemos parte de los pueblos blancos, cristianos, laboriosos, racionales, y comulgamos frente al televisor como quien ve una mala serie de sobremesa. El rojo da algo de color a una historia que solo puede ser contada en blanco y negro. 11.000 vidas congeladas, sin retorno, en Idomeni. Este nombre se sumará al de Dachau, Auschwitz o Guantánamo y los escolares de mañana se perderán al intentar ubicarlos en los mapas del tiempo y el espacio. Pero podemos respirar tranquilos. Dicen que la policía de la frontera más próxima se ha mostrado generosa y ha inundado el aire putrefacto que respiran con gas lacrimógeno. Al menos han conseguido algo. Se han vertido algunas lágrimas en ese horror de nuestro presente que será tatuado en la memoria futura de esta humanidad deshumanizada. Hoy, Idomeni no duele lo suficiente, excepto para los 11.000 muertos en vida atrapados en un ascensor invertido.

Pero por esta vez no tenemos que buscar culpables. Estamos a la vista. En España consentimos que un Gobierno en rebeldía contra el ordenamiento que regula las instituciones democráticas, promueva el no-control parlamentario a su gestión «en funciones» y se permita hacernos cómplices de esta masacre. Eso sí, con la inestimable colaboración de la «nueva política», inútil e incapaz de formar otro Gobierno que se movilice para detener tamaño crimen de lesa humanidad. Este es uno más -aunque quizás sea el más tremendo- de los juguetes rotos por el fracaso de la izquierda española. Gracias por nada a quienes tampoco -o tan mal- nos representan.