El drama que estamos viviendo con el barco Aquarius en el Mediterráneo vuelve a poner sobre la mesa el grave problema que tiene Europa con el fenómeno de la inmigración y la relativa eficacia que hemos desarrollado para atajar esta situación. Más allá de la tragedia humana -la más importante-, que ha convertido al Mediterráneo en una inmensa necrópolis, el problema tiene muchas aristas que podríamos sintetizar en tres: política, económica y de seguridad. Urge una política común europea sobre el fenómeno de la inmigración, son necesarios más recursos económicos para atemperar las consecuencias, y es vital una respuesta eficaz y contundente contra las mafias que trafican con seres humanos.
La inmigración es el problema más grave que tiene Europa desde hace dos décadas. Más que el euro y más que el desgaste político de los viejos partidos. Y la inmigración no es una cuestión que se vaya a resolver de la noche a la mañana por muchas medidas que se tomen. Siempre ha habido migraciones en la historia y siempre las habrá. Entre otras razones porque no se le pueden poner puertas al campo como no se les puede decir a los que padecen guerras o simplemente quieren mejorar sus expectativas de vida que mueran o que sigan viviendo en la pobreza y en la miseria. Y si Europa no afronta este problema desde un punto de vista serio y humano estará fracasando en los valores sobre los que se cimentó el Tratado de Roma. Huir de la cuestión como hizo el Reino Unido con el brexit o la actitud egoísta que tienen algunos países del Este y algunas formaciones xenófobas que han surgido en otros agrava la solución. Pero Europa no puede renunciar a sus valores porque sería el principio del fin de la Unión.
Contra lo que se pudiera pensar, el grueso de la inmigración a Europa no viene en pateras, sino por los aeropuertos. Según el último censo correspondiente a enero del 2018, España aumentó en 216.000 personas su población -143.902 fueron no comunitarios- y, lo que es más preocupante, el número de españoles se ha reducido por primera vez en dos décadas. Concretamente 20.754 en el 2017. España vuelve a ser un país atractivo para encontrar empleo desde el 2010. En nuestro país hay 4,20 millones de extranjeros y la inmigración está compensando la caída de la población española. Los inmigrantes que vienen a España tienen una franja de edad entre 25 y 55 años, por tanto son los que están en edad de trabajar y también comprende los años fértiles de las mujeres. Y otro apunte: es abundante la presencia de niños y jóvenes menores de 20 años, que son los hijos que acompañan a sus padres en el flujo migratorio lo que compensa la carencia en esta franja de la población nacional.
En mi pueblo, Marín, hay censados más de mil inmigrantes y si no fuera por ellos difícilmente los barcos pesqueros de gran altura y de costa podrían faenar. No suponen ningún problema, al contrario. Otros pueblos gallegos podrán decir lo mismo. Galicia tiene un gravísimo problema de envejecimiento de población. La inmigración no tiene por qué ser un problema, sino una solución. Reflexionemos.