Las cadenas de televisión, unas más que otras, nos dicen una y otra vez que no hay que caer en el alarmismo ni en la histeria, mientras convierten la expansión de la enfermedad en una especie de Carrusel coronavirus. El famoso «minuto y resultado» de los programas futboleros que contesta un periodista que sigue el partido in situ, «minuto cincuenta y dos, Sevilla, 0; Real Madrid, 0, en el Sánchez Pizjuán», se ha transformado en «número de contagiados y dónde se han producido», con el consiguiente recuento del informador de turno, como si fuera un marcador. Mientras el responsable de dar la información sobre el coronavirus, Fernando Simón, hace alarde de rigor, seriedad y concisión, proporcionando información útil y científica sobre este virus desconocido, las estrellas televisivas montan un histriónico show diario en busca de su único objetivo, ganar audiencia. Así, asistimos avergonzados al espectáculo de ver cómo la presentadora del programa más visto de la mañana y su equipo se tomaban la temperatura para saber si tenían fiebre, uno de los síntomas del coronavirus... y de otras muchas dolencias. Los telespectadores, incluso los más reacios a entrar en pánico, no se pueden sustraer a este bombardeo constante. No digo que haya que minimizar el coronavirus, ni mucho menos, es una amenaza grave, como ha puesto de manifiesto la OMS, pero hay que tratarlo con mesura y transparencia, dejar hablar a los expertos y no a los habituales tertulianos sabelotodo que en realidad no tienen ni idea de un asunto que ya es suficientemente preocupante como para banalizarlo. Esto no es ni un espectáculo ni una perfomance ni un carrusel mortal. No dejemos que triunfe el virus del miedo.