«Made in Galicia», ¿por qué no?
OPINIÓN
Normalmente no se ven, pero los chips están en el corazón de todos los productos que nos rodean. Se utilizan en más aparatos de los que creemos: lavadoras, frigoríficos, hornos programables, teléfonos móviles, televisores, ordenadores, equipos médicos, coches, etcétera. Un automóvil contiene, de media, unos 100 chips.
La pandemia aceleró la demanda de estos elementos. El teletrabajo obligó a mejorar las redes de los operadores, las domésticas o el número de ordenadores en las casas. Pero, además, los consumidores por el hecho de estar en sus casas han desviado sus gastos hacia los restaurantes, viajes, electrodomésticos nuevos, táblets, consolas de juegos.
Cuando la pandemia forzó a la industria del automóvil a cerrar temporalmente sus fábricas, los productores de chips reasignaron su capacidad a las empresas de teléfonos inteligentes, ordenadores, táblets o consolas de juegos. Luego, las ventas de automóviles se recuperaron más rápido de lo esperado y los fabricantes de vehículos respondieron intentando aumentar la producción. Pero se han quedado al final de la fila en las fábricas de chips, que no son capaces de producir más cantidad.
Aunque las compañías de EE.UU. lideran el mundo en desarrollo y ventas, la elaboración de circuitos integrados se concentra en Asia. En Taiwán y Corea del Sur se producen el 83 % de los chips para procesadores y el 70 % de los de memoria.
Si a este escenario le sumamos el incremento de la incidencia del covid durante el 2021 en estos países, que ha obligado a paralizar fábricas por falta de personal, tendremos la explicación de la «tormenta perfecta» de desabastecimiento mundial de semiconductores.
Su escasez tiene difícil solución a corto plazo, puesto que montar una planta implica una inversión de miles de millones de euros, que requiere de personal muy cualificado y con procesos extremadamente complejos. La fábrica más básica cuesta unos 15.000 millones de euros y su construcción duraría un año y medio, como mínimo.
China ha calificado la autosuficiencia de chips como una prioridad nacional y Joe Biden ha prometido construir una cadena de suministro estadounidense segura, reviviendo la fabricación nacional.
Europa no debe quedarse parada y debe recordar algo que parece haber olvidado hace tiempo: crear y mantener industrias estratégicas es vital. Sin una capacidad autónoma en microelectrónica, no habrá soberanía digital europea nunca.
La creación de fábricas de circuitos integrados conlleva innovación, tecnología, fuertes inversiones, empleo de calidad y, por supuesto, grandes ingresos.
Y cuando digo en Europa, ¿por qué no en Galicia? Tenemos buen silicio y mucho talento.