La sucia sociedad del «click»

Mercedes Corbillón LIBRERA

OPINIÓN

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26 oct 2021 . Actualizado a las 08:44 h.

De repente un día te levantas y eres tú. Estás en el centro del huracán. Uno lleno de insultos, de vilipendios, de sinrazón. Lo habías visto antes, claro, cada día, las tormentas de odio, la inexistencia de debate, la incapacidad de reflexión, los proyectiles de rabia, la sociedad a golpe de click, los veredictos inmediatos, el mundo en dos casillas, hay buenos y hay malos y los malos siempre son los otros, la ausencia de matices, el declive del pensamiento, el triunfo de la emoción instantánea, la necesidad de que en la plaza pública siempre haya alguien a quien lapidar.

La emoción que nos provoca tener la piedra en la mano durará poco, será un resplandor, un fulgor que se desvanecerá enseguida, pero rápido buscaremos otro guijarro que enviarle a alguien. Queremos esa adrenalina del granito en la mano, el poder ancestral e instantáneo, la muerte de tu vecino mientras tú sigues vivo, nuestro pequeño y vil triunfo en una vida de insatisfacciones.

El circo romano sigue vivo en nosotros. Solo tenemos que elevar o bajar el pulgar y dirimir quién debe vivir o morir a golpe de emoción, de instinto, de input.

En la era de la posverdad los hechos no importan, mucho menos los argumentos racionales. Como explica muy bien Darío Villanueva en Morderse la lengua, se imponen los relatos, el pensamiento narrativo donde la veracidad no importa. Todo son historias que busquen empatizar con los marcos mentales de los ciudadanos.

De repente un día te levantas y estás en la arena del coliseo bajo los escombros de un falso techo derrumbado.

Los quince minutos de gloria de alguien te han puesto allí, la galaxia digital ha hecho el resto. No podrás defenderte. Ni siquiera eres un gladiador, solo un esclavo y los esclavos no tienen voz. De todas partes vienen gentes a confirmar el dictamen, los medios de comunicación preguntan pero no escuchan, tu respuesta no interesa, se acomoda tendenciosamente al relato que ya está escrito. Tú eres la culpable y tus explicaciones racionales a nadie le importan. Décadas de problemas estructurales de acceso a la vivienda se posan sobre ti como si fueras un Atlas capaz de cargar con la Tierra.

A nadie le importa tu incapacidad, tu insignificancia, tu irrelevancia, a nadie le importa el trabajo del otro, las lágrimas de tus empleados queriendo huir de la avalancha de improperios, de las montañas de basura, de las corrientes de hiel. De la injusticia.

A mí sí me importan. Y seguiré adelante con ellos mientras espero un mundo con menos emoción y más sentimiento, con menos instinto y más razón, con menos intolerancia y más concordia.

Y mientras recojo los pedruscos y los cascotes veré como viene el siguiente a ocupar mi sitio en la arena y quizás entonces sí pueda, por fin, llorar.