Casi nunca hay un reflejo en la pantalla. Una trasposición directa de una realidad que se parece más a la ficción en la ficción que juega a ser real. Así que cuando entra en escena, surge del fondo del estómago un pellizquito. Un dolor que ni siquiera parece llegar a molestia. Ahí están, gestos que se quedan a medias. Diálogos a cara tapada.
Por alguna razón, la realidad se vuelve molesta cuando la devuelve en dosis de 50 minutos una pantalla. La nueva normalidad en la ficción es, si es que ocurre, hacer un homenaje de un minuto y pasar de largo. Como si no hubiera pasado nada.
No tiene mucho sentido, porque hablamos de un hospital público estadounidense que lleva por nombre New Amsterdam. Pero ahí está, el pellizco, constante, un dolor que se acumula poco a poco hasta que se vuelve turbador mantener los ojos pegados a las secuencias que devuelven imágenes que en realidad deberian ser inocuas, porque son de lo más cotidianas. Entran en un espacio interior, la mascarilla en la cara. Se frotan las manos con gel hidroalcohólico, intentan mantener la distancia. Se han separado de sus familias y hay pacientes que han retrasado el tratamiento por miedo a una pandemia que en esta serie sí da la cara. Y aunque sea tan molesto el pellizco en las entrañas, por momentos se agradece que una serie que en otras cosas es tan fantasiosa en esto haya decidido que la realidad es la que manda.