El ictus en el paciente joven
OPINIÓN
La enfermedad cerebrovascular es la principal causa de muerte y discapacidad en la mujer de mayor edad en nuestro medio. Aunque con menor frecuencia, también puede presentarse en adultos jóvenes, con edades comprendidas entre los 15 y los 45 años. Se estima una incidencia de ictus de entre 3-10 casos por cada 100.000 habitantes en esta franja de edad.
El ictus se define como un déficit neurológico de aparición brusca que conlleva una alteración en el normal funcionamiento cerebral. El ictus se divide en isquémico (falta de aporte sanguíneo) o hemorrágico (ruptura de la pared de un vaso cerebral). El ictus isquémico es el más frecuente, si bien en este grupo de edad el ictus hemorrágico puede llegar a ser del 50 % debido a la presencia de aneurismas o malformaciones arteriovenosas.
Además de los clásicos factores de riesgo vascular presentes en la población de mayor edad (tensión arterial, diabetes, dislipemia, obesidad…), en esta franja es imprescindible descartar causas como la disección arterial (despegamiento de una de las capas internas de la pared del vaso) o trastornos genéticos como cadasil, melas… En esta etapa de la vida tiene especial importancia el consumo de tóxicos. Así como el alcohol o el tabaco, la cocaína es un factor de riesgo vascular a largo plazo: favorece el desarrollo de placas de ateroma y puede llegar a producir complicaciones agudas como hemorragia cerebral por picos de hipertensión, vasoespasmo o cardiopatía. Los trastornos de la coagulación, el embarazo, el puerperio y el consumo de anticonceptivos hormonales pueden ser responsables de ictus o trombosis de senos venosos en mujeres en edad fértil. Debemos pensar en estos factores como posible etiología en este grupo de pacientes.
En cuanto a los datos de alarma, la campaña de las 3 F (forza, faciana, fala) ha conseguido aumentar la tasa de reconocimiento de síntomas en la población general. La aparición brusca de debilidad en una o varias extremidades, así como la dificultad para la correcta emisión o comprensión del lenguaje, o la desviación de la comisura bucal son datos claves. La pérdida de visión y el dolor de cabeza de características inusuales, con escasa respuesta al tratamiento, constituyen también señales de aviso.
El tiempo es cerebro y el tiempo perdido es cerebro perdido. Sabemos que una atención temprana aumenta las posibilidades de éxito del tratamiento recanalizador, de ahí la especial importancia del reconocimiento precoz de los síntomas y la solicitud de atención urgente. El pronóstico suele ser favorable debido a la mayor neuroplasticidad presente en edades más tempranas de la vida. Afortunadamente, hasta un 90 % de los ictus se podrían prevenir. Resulta imprescindible un adecuado control de factores de riesgo vascular como la tensión arterial, la diabetes, la dislipemia y la obesidad. Un estilo de vida sano sin consumo de tóxicos (tabaco, alcohol y otras drogas) y ejercicio físico de forma regular son los principales consejos a tener en cuenta.