El sueño chino de Xi: riqueza y poder

Fernando de Góngora SOCIO-DIRECTOR DE RELIANCE PARTNERS Y COLABORADOR DEL GRADO DE RELACIONES INTERNACIONALES DE LA UDC

OPINIÓN

MABEL RODRÍGUEZ

25 oct 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Tras concluir el XX Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh), el líder chino Xi Jinping ha cerrado una etapa clave en su ascensión a la cúspide del poder en Pekín, iniciada formalmente en el 2012. Consolidado ya como líder absoluto, se abre ahora una nueva en la que Xi conducirá con mano firme a China hacia el cumplimiento de su segundo objetivo «centenario».

Coincidiendo con el 100 aniversario de la fundación de la República Popular, China deberá alcanzar en el 2049 el estatus de potencia global. Un «país socialista moderno, fuerte, democrático, culturalmente avanzado y armonioso», según reza la propaganda oficial. En el 2021 ya celebraron la consecución del primero de sus objetivos «centenarios»: China se había convertido en una sociedad «moderadamente próspera». 700 millones de chinos que a lo largo de las últimas décadas han salido del umbral de la pobreza dan testimonio de la magnitud del objetivo conseguido.

La consolidación del poder supremo de Xi supone el regreso al primer plano de la ideología marxista-leninista como guía del país: de su política, economía y política exterior. Al tiempo que expide el certificado de defunción al proceso de reforma y apertura auspiciada por Deng Xiaoping a finales de los años 70, y que propició tasas de crecimiento económico de dobles dígitos que permitieron a China alcanzar su actual estatus de potencia económica global.

Aunque desde Occidente tendamos a considerar como algo desfasado el corpus del marxismo-leninismo (aunque este sea con características chinas), para Xi es la brújula con la que conducir al país hacia el lugar que considera que les corresponde en la historia por derecho propio, que en su visión de las cosas no es otro sino el «centro».

En el ámbito político, Xi ha ejercido una férrea disciplina leninista para limpiar de corrupción el partido, eliminado a sus rivales y alineando a todos los miembros del partido en una tarea común. Sin ambages y de manera inmediata.

La aplicación de la doctrina marxista en el ámbito económico se ha producido, sin embargo, de forma algo más gradual. Sobre todo a partir del 2017, Xi ha ido perdiendo la confianza en las fuerzas del mercado como principio rector del sistema. A cambio, redobla la apuesta por un Estado fuerte e intervencionista, que corrija los «excesos» y grandes desequilibrios producidos como consecuencia de la ahora finiquitada política de reforma y apertura de Deng.

En política exterior, Xi aboga por un nacionalismo asertivo. Atrás queda también la tradicional política china de perfil bajo en el ámbito internacional instaurada por Deng. China dispone ahora de la capacidad y la fuerza militar necesarias para proyectar poder en sus áreas de interés estratégico; Asia central, mar del Sur de China y el océano Pacífico. Y también de la voluntad de ejercerlo, en su caso. Con Taiwán como clave de bóveda y línea roja que Pekín nunca permitirá traspasar a EE. UU. ni a sus aliados occidentales.

Fiel creyente en el determinismo histórico marxista, Xi está plenamente convencido de que China está en el lado correcto de la historia y que el declive de Occidente es estructural. Pero Xi no está solo. Los casi 100 millones de miembros del PPCCh —y un creciente sector de la población china, cada vez más nacionalista— cierran filas en torno al emperador que les ha de devolver al lugar que consideran nunca debieron abandonar.

Haríamos bien desde Occidente en tomarnos muy en serio la dirección y determinación de esta nueva China de Xi. Resulta por tanto urgente el rearme ideológico de unas democracias liberales agotadas en algunos casos y amenazadas en otros. Para competir y/o cooperar con China allá donde sea necesario. Con las mismas armas y en pie de igualdad. Están en juego la paz y la prosperidad en el siglo XXI. Nada más y nada menos.