
Tradicionalmente, en algunas tribus africanas, cuando el rey moría, su sucesor, por lo general el primogénito, accedía al trono e inmediatamente mandaba ejecutar a todos sus hermanos. Esta simpática —y drástica, no hay que negarlo— decisión eliminaba las tentaciones golpistas que pudieran emerger en el futuro. Cuento esto porque ahora que se cumple un año de la guerra de Ucrania, Putin, en Rusia, lo celebra con fuegos artificiales. Cien mil muertos, cumpleaños feliz. Me recuerda a los anuncios de la DGT que informan del número de víctimas del año anterior. Yo siempre pienso para mí: con un poco de esfuerzo, a lo mejor lo superamos. ¿Qué hace que un tipo como Putin se perpetúe en el poder, que nadie lo saque con un guantazo? ¿Cómo un hombre solo tiene la potestad de dar una orden de ataque, un bombardeo, una invasión? ¿Por qué uno manda y los demás obedecen? Hay que reconocer que la naturaleza es golpista. No hay más que verlo en las familias de leones, de gorilas, de ciervos. Cuando al macho alfa le fallan las fuerzas es derrocado sin piedad. La historia de la civilización está sembrada de restos de todo tipo de castillos, fortalezas y baluartes que desde luego para protegerse del frío no eran. La votación, esta semana, de los 193 países que componen la ONU mostraba que únicamente cuatro estaban en contra de la condena de la invasión de Rusia. Y Putin, que seguía el asunto desde esa especie de Disney World que es el Kremlin, seguro que pensaba: a mí plín, yo duermo en Pikolín.