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El estado de Israel debería coexistir con un estado árabe de Palestina. Así lo acordaron las Naciones Unidas en 1947 y, sobre todo, los propios judíos y palestinos hace treinta años en Oslo. Hace menos de un mes que se cumplieron, pero no se celebraron, los treinta años de los acuerdos de Oslo de 1993. Son una quimera.
En el 2023, Israel y Palestina siguen en guerra. Ambos vulneran sistemáticamente los derechos humanos y el derecho humanitario en una cruenta espiral mutua de violencia y terrorismo, que sigue sumiendo a Oriente Próximo en un conflicto étnico y religioso sin fin. El reciente ataque a Israel desde Gaza es el enésimo episodio violento, con cientos de víctimas de ambos lados, sobre todo civiles.
Palestina lleva casi dos décadas fracturada entre facciones de Fatah y Hamás, temporalmente reconciliadas desde julio. Fatah es la organización al frente de la Autoridad Nacional Palestina, que cuenta con amplio respaldo e incluso reconocimiento internacional, pero internamente solo gobierna en Cisjordania. Tras la muerte de Yaser Arafat en el 2004, cayó en una crisis de legitimidad y de respaldo popular que le llevó a perder las elecciones del 2006 frente a Hamás.
Palestina tiene también un alma terrorista yihadista representada por el Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás), que gobierna de facto la Franja de Gaza, donde viven más de dos millones de personas, en una superficie ochenta veces menor que Galicia, sometidas al bloqueo israelí. Gaza es una ratonera desde donde lanzó este poderoso ataque sorpresa, con ocasión del simbólico cincuentenario de la —también sorpresiva— guerra del Yom Kipur que puso en jaque a Israel.
Hamás tiene una gran capacidad táctica y estratégica. Tiene una gran capacidad de fuego y de infiltración en territorio israelí, secuestrando civiles y militares que constituyen un valioso as en la manga palestina. Actuó en un momento de debilidad del Gobierno de coalición de Netanyahu, al que medios hebreos veían «en un caos creciente» solo un día antes del ataque. El polémico y extremista ministro de Seguridad Nacional, Ben Gvir, venía siendo excluido de reuniones de alto nivel por miedo a que pudiese filtrar información y poner en riesgo la seguridad nacional.
Los todopoderosos servicios de inteligencia Mossad y Shin Bet han cometido un fallo colosal, según expertos. Los grandes medios hebreos hablan de «un fallo en todos los sistemas», al tiempo que claman por una respuesta contundente y por la cabeza de Netanyahu, que anunció una venganza sin precedentes. Las consecuencias del histórico ataque de Hamás parecen claras en varios niveles. En Israel está en cuestión la fortaleza del Gobierno y de los servicios de inteligencia. En Palestina está en cuestión la fortaleza de Fatah al frente de la Autoridad Nacional Palestina. Entre Israel y Palestina la violencia puede alcanzar magnitudes catastróficas. En Oriente Próximo podría escalar el conflicto a nivel regional gracias a los grandes apoyos que tiene Hamás en el eje de la resistencia, antisemita y antiimperialista, liderado por Irán, con Hezbolá y Siria. A nivel internacional podrían reactivarse células terroristas.
Adivinen quién tiene relaciones privilegiadas con este eje y estaba de cumpleaños el día del ataque. Exacto, Putin, que debe estar aplaudiendo con las orejas por este gran regalo de Hamás, sabedor de que es un factor clave que podría debilitar el apoyo de Occidente a Ucrania. Se avecinan momentos clave en la guerra de Ucrania.
Ahora más que nunca Ucrania necesita nuestro apoyo. Por el futuro de Ucrania. Y de Europa.