
Parece que en primavera se empiezan las guerras y, en cambio, es en invierno cuando se pierden. También en primavera se desencadenan los amoríos más apasionados y más dramáticos, esos que llegado el calor de agosto se resuelven a navajazos. La primavera, cuya llegada anunciaba al poeta medieval una avecilla al amanecer («matómela un ballestero, dele Dios mal galardón»), ha llegado de nuevo tras ese extraño garbeo que nos hemos dado por las otras tres estaciones. Las que nos han traído a Trump y la dana. A mí, la primavera me hacía suspender los exámenes finales, porque siempre he dado prioridad al amor adolescente, que al escritor Francisco Ayala convertía —a su pesar— en viejo verde. La primavera que nos acaba de entrar renueva la vida con las flores y esas cosas líricas —a rose is a rose is a rose, escribía Gertrud Stein— y a los aguafiestas castiga con urticarias y estornudos. La época que eligen para partir los exploradores, cuando se abren los caminos y fluyen los ríos. También los ríos de la literatura, que en primavera se mueren los escritores —Cervantes y Shakespeare— y los celebramos editando montañas de libros para las mesillas de noche y —sobre todo— para la trituradoras o las hogueras. De todas formas, es verdad que en primavera se refuerzan las ganas de vivir y, si el sol ayuda, las de emprender la aventura. Son tiempos de salir de la cueva y dar la cara, de matar al macho alfa. De vivir la vida. Y yo, como primera medida, me voy a leer una novela de Tarzán de los monos.