
Era una tarde de primavera. El sol no quemaba, ni deseaba quemar, pero tuvo la suficiente delicadeza para suspenderse tenue sobre la terraza. Hablábamos. Y, como casi todos los días, alguien pronunció el sintagma: inteligencia artificial. Últimamente, los profanos comentamos mucho del asunto. Yo no dejo de insistir en que me atemoriza, perdonen la osadía, y que no pienso utilizar los programas de IA en ninguna de mis labores. Soy un conservador que pretende conservar lo que me queda de espíritu. Si piensan que soy un individuo que se niega a contemplar el futuro, se equivocan. Pero la inteligencia artificial, por lo que leo y escucho, me asusta. Me amedrenta de tal modo que prometo no haber hurgado en nada que tenga que ver con ella. Ni creo que lo haga más adelante. Me produce pavor que las máquinas puedan saber más que los hombres y componer, con nuestras ideas, un porvenir más confuso todavía. De esa confusión hablábamos esa tarde primaveral a la que me he referido. Fue entonces cuando mi amigo Jorge Cañaveral pronunció una frase brillante. A Jorge le conozco desde que abrió el hospital de Verín: un magnífico radiólogo que comparte conmigo un barcelonismo vehemente. Él, además, profesa como hincha del Club Atlético Lanús, uno de los conjuntos más veteranos de la hermana Argentina. Aquel atardecer no tocaba fútbol, sino la artificial inteligencia. Jorge dijo: «Prefiero la idiotez humana». Parecía una boutade con el fin de impresionar a los contertulios. Sin embargo, la frase no estaba exenta de enjundia. Con ella me fui a casa. La pensé. Y me puse a escribir esta columna.
Los seres humanos nos equivocamos muchas veces. De ahí las guerras y los odios y los miserables que maltratan o asesinan. Hubo un tiempo en que se invertía más en guerras que en salud o educación. Eso, después de 1945, fue decreciendo, y la política, de derechas e izquierdas, se puso a construir lo que hoy llamamos estado del bienestar. Todo ello lo cuenta muy bien Yuval Noah Harari en Nexus. Una breve historia de la información desde la Edad de Piedra hasta la IA. El libro ilumina, pero también amilana, incluso sobrecoge. El libro termina con una frase categórica: «Las decisiones que tomemos en los próximos años determinarán si convocar a esta inteligencia ajena ha sido un error terminal o el inicio de un nuevo y esperanzador capítulo en la evolución de la vida». Y esa es la incógnita a la que nos enfrentamos. También aquí, en nuestra tierra. La IA toma decisiones que pueden afectar a millones de personas. La guerra de Putin es la guerra de este tiempo. La primera guerra de la inteligencia artificial. Por ello, Europa debe acertar en sus decisiones, abandonar la política pueril y reconstruirse (reinventarse) como territorio útil en el amparo de los derechos. Y para amparar los derechos es indispensable invertir en defensa. Quien desde de la demagogia lo niegue, estará negando el futuro. El de todos.