Aquel piropo callejero

Pedro Armas
Pedro Armas A MEDIA VOZ

OPINIÓN

XABIER MISERACHS

01 abr 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Acusan a la RAE de sexista por definir el piropo como un «dicho breve con que se pondera alguna cualidad de alguien, especialmente la belleza de una mujer». Distintos estudios sociológicos constatan que hay muchas más piropeadas que piropeados. El piropo en cuestión es el público, pues el privado no deja de ser una muestra doméstica de afecto o cariño. La catalogación del piropo, sea grosero o simpático, no depende tanto de su contenido como de la susceptibilidad o la vulnerabilidad de la piropeada, que puede considerarlo un simple halago, un signo de mala educación o un indicio de acoso sexual.

Lo que para el piropeador puede ser una galantería, para la piropeada puede ser un abuso propio del patriarcado. Una galantería, según la RAE, sería incluso una «acción de urbanidad». Así las cosas, si él, sin que ella se lo pida, se toma la licencia de opinar sobre su tipo o una parte hipersexualizada de su cuerpo, la está deshumanizando, en términos modernos la está «cosificando». Si ella se lo recrimina, y él vuelve a opinar sobre su mal carácter y el de todas las feministas, corre el riesgo de que ella se sienta víctima de violencia psicológica de género, presente denuncia y le obligue a pasar por lo menos una noche en comisaría, por si acaso.

En los debates de bar y plaza, más que del piropo, se habla de quién apoya a quién en materia de piropeo. Hoy en día hasta los defensores de los piropeadores callejeros comprenden que sobra el piropo chabacano, el insultante; que las mujeres no van por ahí provocando para ser piropeadas; que hay que evitar la normalización del acoso; y que no existe el derecho al piropo. Sin embargo, las defensoras a ultranza de las piropeadas, lo pidan ellas o no, insisten en argumentos como: el piropo solo refuerza el ego masculino; los machirulos no pueden contener sus bajos instintos; el piropo responde a la «cultura de la violación»; un buen matriarcado lo erradicaría.

Las inmigrantes latinas, que comparan con sus países de origen, se sorprenden de que en España apenas suenen piropos a pie de calle. Las autóctonas que no los echan de menos creen que el retroceso del machismo en la vía pública ha sido un logro debido a la expansión de la «cultura feminista». Los autóctonos que no perciben evolución sino involución creen que se trata de una imposición más de la «cultura de la cancelación». Se ve que el piropo es un arma arrojadiza en la lucha de sexos, que ahora importa más que la lucha de clases.