
Hipócrates escribió en el siglo V a.C. un texto fundamental en la historia de la medicina titulado De las Aguas, los Aires y los Lugares. En él expone cómo el entorno, el clima y el paisaje influyen en la salud. Conocer esas variables es fundamental para desarrollar una buena medicina preventiva y son el fundamento de la Antropología Médica.
Conforme uno va creciendo en edad, llega a una frontera en que le empiezan a doler los huesos, muchas veces son dolores desconocidos y otras —las más frecuentes— son memoria personal de viejas batallas libradas contra fracturas, caídas, lesiones deportivas y padecimientos ya olvidados. La memoria de los huesos es implacable.
Recordé a Hipócrates cuando estas últimas semanas me asaltó un dolor de huesos generalizado que no tenía relación con antiguos excesos.
Galicia registra unos valores de humedad que oscilan entre el 80 y el 90 %, frente al 34 o 40 % que disfrutan en el sur. Es decir, vivimos en una pecera y la variable de la humedad es una de las peores enemigas de los huesos.
El caso es que, mientras escribo estas lineas, miro de reojo la estación meteorológica y marca un ochenta por ciento de humedad, es decir, escribo sumergido en ocho partes de agua y veinte del resto; no me extraña que me duelan los huesos, lo que me asombra es que no nos salgan agallas. Veo manchas de humedad en todos los edificios y me imagino los mismos borrones negros cubiertos de hongos creciendo por la columna, las caderas, los hombros, las muñecas y todo el esqueleto.
Este ha sido un año muy húmedo y lluvioso, estamos a pocas semanas de que comiencen a caer los días y me doy cuenta de que no los hemos visto crecer, ocultos tras la manta de agua que nos ha caído encima y que, eso sí, ha llenado los pantanos de forma voluptuosa (espero no oír este verano al coro de agoreros del cambio climático dando la turra con la pertinaz sequía, que ni siquiera en Andalucía ha asomado la cabeza).
El dolor de huesos es una de las principales causas de incapacidad laboral permanente en nuestro entorno, donde sin duda la humedad ambiente que disfrutamos y padecemos es una de las causas más relevantes.
Sería una buena línea de investigación conseguir algún fármaco, chip o termostato que, acoplándolo al cuerpo, actuase como un deshumidificador convencional que nos permitiera mantener nuestro medio interno en cifras de humedad razonables. Santo remedio.
Mientras tal ingenio no sea realidad, solo nos queda irnos a secar a lugares menos sobrados, pasmar como iguanas de placas solares cuando asome el sol o dormir abrazados a la mantita eléctrica.
Dum spiro, spero.