«Madres» con minúsculas
OPINIÓN

Ayer lloré; se me saltaron las lágrimas al escuchar la voz de mi hijo, que había pasado de aniñada a varonil en mi ausencia. Una ausencia de ya 643 días permitida por la «justicia» Suiza. Lo oí al teléfono; hablaba con su abuela tras meses de silencio.
Lloré también cuando mi hija, de 10 años, no me saludó en la calle, un año después de haberla visto por última vez, aquel día que me preguntaba con ilusión: «¿Papá, cuándo quedamos?».
Durante más de un lustro todo fue bien: custodia compartida en la que el padre asumía —solo, en Galicia— el cuidado de los hijos durante el curso y corría con los gastos. Luego llegó la instrumentalización de los niños por parte de una de esas «madres» con minúscula, al percatarse de que sin custodia exclusiva (47,8 % de madres, 3,5 % de padres, INE) no hay cuartos.
Quizá mis lágrimas son merecidas, quizá me equivoqué al desobedecer, durante 15 horas, una orden judicial de restitución. Quizá debería haber permitido que un niño epiléptico quedara solo en casa cinco días al cuidado de su hermana de 8 años. O quizá el desatino fue de Protección de Menores, meses después, al constatar que el hábito materno denunciado era recurrente, o de la misma jueza, al ordenarle contratar una au pair que pusiese fin a la para entonces probada desatención de menores. Quizá el tribunal penal se equivocó al entender que este papá no merecía ir a la cárcel. Quizá un fiscal no debió disculparse por los 33 días de prisión preventiva y quizá otro pudo haberse ahorrado, en su alegato, tildarme de «buen hombre acorralado por las circunstancias».
Quizá, de ser mujer —como el 73 % de los progenitores sustractores en España (Comisión Especial de la Convención de La Haya)— podría haber denunciado a mi ex por violencia de género y así retrasar o impedir la devolución de los retoños (aun si el «otro» hubiese sido uno de esos 60.038 hombres no culpables de los 99.094 denunciados, INE-2024). Quizá, de ser mujer, no computaría mi situación en el «10 % de la vergüenza», ese padre de cada diez que se ve privado de todo contacto con sus hijos (datos de la Oficina Federal de Estadística, Suiza).
Pero ni soy mujer ni se respira igualdad de género en los juzgados de familia. Cambiarlo pasa por usted, estimada lectora, coartando venganzas por el bien de sus vástagos y recordando que entre ellos hay varones; y por usted, caballero, no claudicando, no resignándose a echar de menos.
Para concluir, y excusándome de antemano para con el feminismo negacionista, creo honestamente que el síndrome de Medea o alienación parental es violencia familiar —como tal se recoge en códigos penales más avanzados que el nuestro (Dinamarca)— y sus consecuencias, en ocasiones, son funestas: el suicidio es la primera causa de fallecimiento entre los jóvenes de 15 a 19 años (76 en el 2024, según el INE), y Save de Children señala que uno de los principales factores de riesgo son los divorcios conflictivos.