Concepto amplio como la posibilidad que encierra. Viajar no solo es salir de la comodidad de la rutina; organizar la vida para fechas que se relacionan con promesas futuras, o tomarse molestias, es también hacerle un hueco a lo desconocido, mantener a raya la amenaza del peligro; sobre todo, la respuesta que le damos al deseo, al afán de dicha o las puertas que le abrimos a nuestra capacidad para comprobar que todo puede resultar distinto de lo imaginado porque, en el fondo del camino, sabemos que hemos de hallar curiosidades y sorpresas.
Más interesante tal vez para ciertos espíritus que experimentan con insistencia el ansia de libertad. Algunos aspiran a comprobar cómo el espacio se despliega de igual modo mientras caminamos por el planeta Tierra, porque uno de los grandes descubrimientos del viaje es constatar que el mundo es espacial en todos los rincones —sentir que la sala de estar en un hotel del Congo se asemeja a la habitación en la que la tía abuela mira la televisión—, que el cielo está presente, que las fronteras geográficas no lo destruyen —comprobamos que se sostiene arriba sin necesidad de hormigón o hierros que lo aguanten—. Se transforma también la vivencia del tiempo, como si esta dimensión se ralentizara, permitiéndonos, al transcurrir de otro modo, descansar de su tendencia omnívora.
Viajar es dar rienda suelta al deseo de aprender, una invitación a azuzar la atención. Si viajas solo puedes elegir sentirte acompañado por el que habita al lado, ya que son muchos los viajeros que están dispuestos a colaborar, y ayudan. El nuevo lugar será una original continuidad del punto de partida. Hay una nave espacial que es la constituida por nuestro propio cuerpo que pulula por el cosmos con afán protagonista; es preciso para descubrirlo plantarle cara al miedo con su pretensión paralizante, y mirar el segundo siguiente con la intención de un entomólogo que lo desmenuza como un naturalista lo haría con un nuevo insecto. También nos permite crear memoria, para quedarnos más tarde con la narración. En su ensayo Tal vez viajar (La Huerta Grande), Ricardo Martínez Llorca dice: «Viajar debería ser una celebración del mundo: salir fuera de nuestra cabeza para acariciar lo hermoso y sorprendente que puede haber en el mundo, incluida la vida cotidiana de los otros».
Invita al que tiene conciencia de la fugacidad de la vida. Si la vida es viaje, puede haber viajes dentro del viaje hasta llegar al punto álgido que es nuestra propia interioridad: la misma que teníamos pero que la cotidianidad convirtió en opaca, arrancándole el brillo a la exclusividad de la conciencia de ser.