El día de la Navidad de 1991, el entonces presidente de Unión Soviética, Mijail Gorbachov, telefoneó a su homólogo estadounidense, George H. W. Bush, para comunicarle que iba a dimitir y asegurarle que «lo que hemos conseguido no cambiará». El presidente Bush le respondió entonces: «Estoy convencido de que lo que has hecho será historia». Porque Gorbachov y Bush habían puesto la primera piedra del sistema de limitación del arsenal atómico, aunque el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (Sipri) haya alertado el pasado año de que «los arsenales nucleares del mundo se están ampliando y modernizando», con el añadido de más países con armamento nuclear (Reino Unido, Francia, China, la India, Pakistán, Corea del Norte e Israel, aunque este último país no lo reconozca oficialmente).
En febrero del 2023, un año después de la invasión de Ucrania, Moscú se desligó del New Start ante el apoyo de la Administración estadounidense de Joe Biden a Kiev. Lo cual ha ido conduciendo hacia un mundo menos seguro.
Respecto de China, Estados Unidos considera que el gigante asiático es mayor amenaza que Rusia y que cualquier acuerdo deberá incluir a Pekín en la mesa de negociación. El pasado 24 de diciembre, el Pentágono publicó un informe sobre las capacidades militares chinas en el que alertaba de un arsenal nuclear creciente y en expansión. A Washington le preocupa el ritmo de producción de estas cabezas nucleares: un centenar al año desde el 2023. El pacto a tres bandas entre Washington, Moscú y Pekín resulta poco probable a corto y medio plazo. Rusia quiere un acuerdo con Estados Unidos porque para Putin es importante el valor simbólico de ser un socio igualitario. La realidad es que el final del tratado nuclear entre Estados Unidos y Rusia abre la puerta al rearme atómico.