Los que se han ido

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

Puesta de sol en Camariñas.
Puesta de sol en Camariñas. Ana Garcia

18 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

En estos días a la vuelta de un viaje a mis orígenes, elaboro un catálogo de ausencias, un recuento de viejos amigos que ya han emprendido el camino sin retorno, y reflexiono al contabilizar la vida como un cúmulo de ausencias dolorosas cuando mi mundo se va llenando de silencios. Soy consciente que el edadismo más cruel es constatar la crónica imparable de los adioses, la suma creciente de los que se han ido. Ha sido un año en el que la muerte de amigos, de personas estimadas, de seres queridos, se fue clavando en el centro del corazón de los recuerdos compartidos. Fue un obituario perpetuo que llenó de sobresaltos las malas noticias que traía el teléfono y subrayaban las redes sociales.

El relato fue un tsunami de tristezas que removieron la geografía fraterna de los buenos días felices, cuando el futuro estaba lejos de ser escrito en el libro de la vida y todo nos sonreía trazando las líneas de lo que seríamos al pasar los años por venir. Noches dialogadas instalando nuestros sueños en el rincón amable de un futuro que augurábamos que sería próspero. Poníamos a la luna cómplice por testigo. Éramos ilusionadamente jóvenes.

Pero no todo fue como planeamos y la vida nos fue llevando a su antojo por senderos que desconocíamos. Comenzó a interrumpirse el «decíamos ayer» de nuestras conversaciones. Ya no recuerdo, después de tanto tiempo, quién fue el primero de los amigos que nos dejó. En este momento ya son numerosos los que no están, los que han cruzado al otro lado del río, aquellos a los que no he podido dar el abrazo pospuesto.

Abuelos y padres fueron acaso los primeros en emprender el viaje al más allá, en dejarme la herida del dolor. Siguió la larga nómina de aquellas personas, de los hombres y las mujeres que fueron determinantes en mi vida, los amigos y coetáneos de quien no he podido despedirme, mis compañeros en las tareas literarias, que escribieron sus sueños en las páginas de los libros que ayudaron a cambiar la pequeña gran historia. Y así, poco a poco y sin detenerse, se incrementó este adiós plural y colectivo que hoy convierto en un pequeño homenaje de sincera despedida a todos los que se han ido, a los que han salido de mi vida y me han dejado en esta orfandad desesperada que me es muy difícil asumir.

Debía señalar lo mucho que los he querido, lo que les debo en mi haber de afectos, las conversaciones interrumpidas y que ya no tendrán final. Volver a las tertulias en un país sin inviernos, cuando siempre habitábamos la primavera de la vida.