No hay duda que estamos asistiendo y sufriendo importantes efectos derivados de los cambios climáticos. A las intensas lluvias torrenciales y temporales se unen drásticas disminuciones del caudal de los ríos; de las olas de calor pasamos a largos períodos de sequía; y la temperatura de los océanos aumenta provocando desplazamientos y sustituciones de poblaciones de los recursos marinos. Nos asustan tanto la velocidad con la que se producen dichas transiciones como la intensidad de dichos cambios. Por tanto, llaman la atención las consecuencias medioambientales, sociales, económicas y sanitarias para las sociedades.
Existen organismos e investigadores que tratan de cuantificar los efectos derivados. Aunque, a decir verdad, son tantas las implicaciones que seguro nos dejamos algunas en el tintero. Un centro de investigación advierte que la sequía es solo un anticipo de lo que está por venir, pues a medida que el planeta se caliente más rápidamente los impactos serán mayores. Cita a modo de ejemplo, los déficits hídricos de humedad en el suelo y la drástica disminución del caudal de los ríos europeos. Sus efectos se manifiestan en pérdidas de producción agrícola y en una reducción de los transportes de mercancías y del turismo a través de los ríos navegables. Los meses de junio y julio fueron los más calurosos en la Europa Occidental, según Copernicus Climate Change, la agencia europea de observación de la tierra. Y los thinks tanks especializados estiman un impacto económico a corto plazo para Europa en torno a los 50.000 millones de euros, que podrían ampliarse si la escasez de agua se prolongara.
Asimismo, aumenta la precaución sobre la disponibilidad de agua para abastecer los centros de datos, que exigen el líquido elemento para la refrigeración de sus instalaciones. La mayoría de las 3.000 instalaciones de este tipo existentes en Europa se encuentran localizadas en zonas de estrés hídrico alto, y si la demanda de agua supera la cantidad disponible tendríamos un grave problema. Lo mismo sucede cuando las centrales nucleares se han visto obligadas a reducir sus actividades por la escasez de agua, esencial para su refrigeración; o cuando se produce un parón de actividad de las centrales hidroeléctricas. Y, finalmente, cuando los agricultores se plantean la sustitución de ciertas plantaciones por no contar con suficiente agua.
En suma, los sectores más afectados directamente a causa de la falta de lluvia son la agricultura y algunos sectores industriales y energéticos. Según un reciente informe del Banco Central Europeo, la combinación del aumento de calor y la sequía produciría una reducción anual de 4,5 puntos porcentuales del crecimiento del valor agregado real per capita de la agricultura en un escenario extremo, concentrándose el mayor impacto en los territorios de la Europa del este.
Un aumento de las pérdidas agrícolas o, lo que es lo mismo, una reducción de las cosechas podría tener un efecto directo con el incremento de los precios de los alimentos, lo que unido a la escasez de fertilizantes derivada de la guerra en el Golfo Pérsico y del fenómeno El Niño provocaría una suba de los tipos de interés, situación que contribuiría a frenar el crecimiento económico. A juicio de unos expertos en inversiones sobre los riesgos en el sector alimentario, la sequía está provocando unos costes anuales de 6.400 millones de dólares entre las diecinueve mayores empresas ganaderas cotizadas en el mundo, debido al aumento de los costes de los piensos y de las fuentes alternativas.
Los grandes desafíos del futuro se centran en cómo abordar estos efectos derivados del cambio climático. Atendiendo a las estimaciones del Consejo Mundial para el Desarrollo Sostenible, solo el 15 % de las empresas de la UE han elaborado planes de adaptación, a pesar de que el 42 % afirman que sus costes relacionados con el cambio climático han aumentado durante el último año.
De ahí el llamado a reflexionar sobre el problema, a centrarnos en cómo implementar sistemas de alertas temprana; a optimizar el uso del agua; a aprovechar niveles mínimos de humedad en los cultivos; a reducir los riesgos de despilfarro; a reutilizar el agua en vez de desecharla; a construir embalses para recoger el agua en período de lluvias; a monitorizar de cerca las condiciones meteorológicas para garantizar el flujo continuo de mercancías; a plantear obligaciones a empresas si desean acogerse a incentivos...
O sea, contrarrestar la sequía y aumentar la concienciación por medio de acciones y políticas serias, y no demagógicas.