El gran acierto de Lorca, las horas perdidas, el documental que acaba de emitir TVE sobre el poeta, es que consigue que dejemos de mirar al mito y veamos al hombre que camina hacia la muerte. Que observemos a ese Federico que se refugia en la huerta de San Vicente, que luego decide huir a casa de Luis Rosales, y que, en el temblor de la tragedia, espera detenido antes de que lo conduzcan hacia Víznar enfrentando un destino escrito de su puño y letra. A Lorca lo sentimos, lo escuchamos sufriendo esos segundos antes de ser sorprendido al ver la cara de su asesino. Pero es inevitable sumarse a las voces críticas, como la de Víctor Fernández, que participa en la cinta, que ha denunciado el sinsentido de despolitizar al poeta y poner el foco en las rencillas entre vecinos como uno de los factores determinantes de su asesinato. A Lorca lo fusilaron en plena represión, después del golpe militar del 36, en una Granada que sufrió terriblemente. A Lorca lo mataron por homosexual, por ser un intelectual que defendía la libertad y porque había dejado escrito que en España no se podía ser neutral ante el hostigamiento y el horror que sufría España. Conviene no olvidarlo y conviene, sobre todo, ver el documental para entender eso que Hannah Arendt denominó la banalidad del mal. A Lorca lo mataron las autoridades franquistas y aquellos que fueron obedeciendo hasta apretar el gatillo.