DIETARIO | O |
25 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.LA calle del Paseo volvió a convertirse este lunes en una pequeña sucursal de librerías. La celebración del Día del Libro sacó los ejemplares de las cuatro paredes que habitualmente ocupan para ponérselos en bandeja a los ciudadanos. Los paseantes habituales se convertían así en lectores potenciales y consumidores de literatura subiendo, aunque sea de forma esporádica, la preocupante tendencia a la baja de la lectura. La fórmula volvió a funcionar. Se vendieron libros. Con descuento, que siempre ayuda. Es casi imposible resistirse a adquirir uno de los ejemplares que se repiten en uno y otro puesto. Porque la final, el magnetismo del libro sigue funcionando y los puestos callejeros permiten recuperar el eterno placer de revolver entre los volúmenes, oler el papel impreso, descubrir autores o engancharse a un libro simplemente por su título. Algo que se echa de menos. Bucear entre las innumerables propuestas para darse cuenta de la infinidad de posibilidades que el lector tiene pendientes de descubrir. Fantasía o realidad. En gallego o castellano. Biografías o cuentos... Claro que en esa expedición literaria uno se da cuenta también del poder de la televisión y de la fuerza de la publicidad. Las portadas se llenan de rostros conocidos, de estrellas del deporte, de políticos mediáticos. Las recetas de la Pantoja se asoman entre las del televisivo Arguiñano. Gasol se codea con Felipe González. Y Harry Potter se cuela entre los premios Planeta y Nadal mientras Reverte y Saramago se hacen hueco entre las propuestas de arte o las historias de la guerra civil. Todo formando un curioso mundo de contrastes en el que el lector se convierte en un agente activo capaz de cambiar a su gusto la escena o protagonizar alguna de las historias que se encierran en los cientos de paginas que esperan ser leídas. Con márketing o sin él, un libro es un mundo por descubrir. ¿Quién se resiste?