A finales del mes de agosto varias calles del barrio de O Couto cambiaron de aspecto gracias al trabajo desarrollado por un grupo de artistas urbanos que, espray en mano y capitaneados por la pintora Cristina de Padua, llenaron de arte los viejos armarios eléctricos de los semáforos. Para todo ellos (Celso, Dash, Will y Rafa) fue una gran oportunidad, lo mismo que para Cristina, encantada de haber podido «sacar el arte a la calle».
-¿Cómo repercutió su trabajo en la calle?
-La verdad es que hubo un cambio abismal. La gente incluso nos preguntaba si habíamos cambiado de lugar los armarios, porque de pronto lo veían todo distinto y no lo ubicaban. Da un aspecto más limpio y desde luego más bonito.
-¿Fue un trabajo altruista?
-Fue totalmente por amor al arte. Nadie cobró nada. La asociación de empresarios de O Couto y la Concellería de Cultura financiaron el material, pero el resto es porque nos gusta nuestro trabajo y queremos regalar arte a la ciudad. Esto es algo que en otras ciudades ya se está haciendo y nos gustaría hacerlo extensible a otras zonas de Ourense.
-¿Supone esta iniciativa una plataforma de lanzamiento?
-Yo soy pintora de pincel y tengo la posibilidad de exponer en otros ámbitos, pero en el caso de mis compañeros esto es fundamental. Hay verdaderos artistas y es una pena que no estén valorados para nada. Tienen que irse a sitios como Vigo, Barcelona o Madrid, o incluso a Alemania, para demostrar que son artistas que hacen su trabajo. Yo soy una profunda admiradora del grafito y que conste que lo intenté, pero es algo que no se aprende en dos días.
-¿Sirve también para que distingamos por fin entre artista y vándalo?
-Es que no tienen nada que ver. El bombardeo , como ellos dicen, es estropear las paredes porque sí, pero esto son artistas y son obras de arte. Ellos trabajan haciendo primero bocetos, luego decoran comercios, persianas, mobiliario... Yo lo defiendo como un arte urbano, igual que el que es pintor. De hecho, muchos son licenciados en Bellas Artes.
-¿Cuál fue la reacción de la gente ante su trabajo?
-A mí no me paró nadie. Se quedaban mirando cómo trabajaba, pero a ellos hasta los paró la policía secreta. La gente veía a unos chicos pintar con espray a plena luz del día y automáticamente llamaba a la policía. Un día llegaron a pararnos la actividad, pero la experiencia fue muy positiva. La gente, simplemente, tiene que acostumbrarse a este tipo de cosas.
-¿Cuánto tardaron en decorar los armarios?
-Yo estuve cerca de cuarenta horas pintando, porque aunque no es una superficie enorme con un pincel pequeño cuesta. Pero ellos en tres o cuatro horas tenían lo suyo hecho. Su gran dificultad es la cantidad de material que emplean, porque un bote de espray es carísimo y se va en nada.
-¿Le sirvió esta experiencia para plantearse nuevos proyectos artísticos?
-Sí, a mí me ha dado ideas. Ahora me gustaría poder colaborar juntos en un muro, combinando pintura y grafito. Hacer una unión entre las dos cosas, que yo creo que son perfectamente compatibles. Ahora a ver si nos dejan un buen muro.