Creo que soy un poco frívola. O que estoy obsesionada con la limpieza. Quizás lo que me ocurre es que me gustan las anécdotas. Porque al margen del análisis sindical y político del conflicto de la basura, no me quito de la cabeza la imagen de los manifestantes ciscando porquería a las puertas del ayuntamiento y la de sus compañeros, en servicios mínimos, recogiéndola unos minutos después. Así que, lo dicho. O soy frívola por pensar en las formas y no en el fondo. O tengo obsesión con la fregona porque no dejo de fijarme en los manchurrones que nos dejó la huelga. Aunque claro, puede que sea espíritu práctico y que no acabe de entender el márketing de la piel de plátano cuando el que puede resbalar en ella es un colega.
Pero también usaba como excusa la anécdota. Y tiene que serlo que me haya fijado en el hecho de que, en una sociedad en la que sigue siendo mayoritariamente la mujer la que recoge las cacas ajenas, fueran también mujeres las que el pasado miércoles se encargaron de esparcir la mierda para llamar la atención del alcalde. Aplicadas y perfeccionistas, como si en realidad estuvieran realizando el proceso inverso. La feminización de la huelga en ese punto me llamó poderosamente la atención. ¿Será la influencia de las miembras sobre mí? ¿Será que mi inconsciente cree que debe rendir homenaje póstumo -orgánicamente hablando, claro- a la ministra Aído y por eso reparo en esas cuestiones?
Agobiada por mis disertaciones en torno a la basura, empiezo a pensar que fueron los efluvios de contenedor los que afectaron a mi raciocinio. Y quizás por eso, a lo largo de la semana, no llegué a entender como en plena huelga del servicio de limpieza, los ourensanos éramos tan guarros que tirábamos nuestros desperdicios en bolsas sin cerrar. ¿Éramos, adrede o no, piquetes informativos? ¿O directamente somos maleducados? Hay cosas que huelga decir: que hay que ser muy marrano para dejar la bolsa encima del contenedor, por no levantar la tapa.