Me he ido convenciendo durante años de que no me gusta el carnaval. No sé si será porque odio las caretas, por el trajín (busca idea, busca disfraz, busca peluca, busca complementos, busca maquillaje, busca bar en el que meterte, busca charanga para bailar), por el jaleo de más... O a lo mejor por una especie de cabezonería que me llevó a convertir el «no me apetece disfrazarme» en «odio el carnaval». No es fácil odiar el entroido en Ourense. Es casi antinatura. Y menos cuando una de tus amigas está marcada por la inevitable carga genética de proceder de Xinzo. Así que este año decidí rebajar mi nivel de hostilidad frente a la fiesta. Y descubrí (redescubrí en realidad) por qué hay tantos entusiastas que viven con devoción estas fechas, que se preparan durante meses y que se lo curran hasta el más mínimo detalle; y me encontré (reencontré en realidad) con quienes consiguen el mejor disfraz solo con ingenio, sin necesidad de modista ni de postizos.
Este año me reconciliaron con el entroido las Barbies, en su caja y todo, del Xoves de Comadres; el que se disfrazó de señora de la limpieza y dedicó todas las noches a pasar el paño en el Miudiño («Usadme el posavasiños, que si no me dejáis marca y luego no hay quien la quite», decía mientras levantaba las copas y frotaba); el equipo de comerciales del Satisfoller que, desatascador en mano, no dudaban en parar a cualquier grupo de mujeres para vender las bondades de la herramienta que, aseguraban, hubiera solucionado el conflicto catalán porque va fantástica para la independencia; Benedicta Sánchez, paseando su Goya de madrugada, con su pelo blanco, un abrigo largo y un aire en la cara que si no estuviera segura de que era ella diría que era el Trangallán; también unas cuantas Fridas, una sevillana y un par de pequeños y mágicos alumnos de Hogwarts. Gracias a todos ellos no es que me enamore el carnaval pero ya lo odio un poquito menos.