Yo pensaba, yo creía

Ruth Nóvoa de Manuel
Ruth Nóvoa DE REOJO

OURENSE

Cuando estudiaba, yo era mucho de hacer planes. Sobre todo en época de exámenes. Me hacía un cuadrito, incluso con colores, e iba planificando todo lo iba a hacer para llegar preparada a los parciales y a los finales. Levantarme a las siete para estudiar equis tema de Historia, a mediodía acabar de leerme El hombre en busca de sentido, que no es muy largo; por la tarde repasar Teoría General de la Información y acordarme, con cariño, de la familia de la profesora; y por la noche, repasar lo del origen del hombre y el Popol Vuh mientras ceno con mis compañeras de piso, que les va a encantar el tema y así hacemos tiempo mientras esperamos a ver Gran Hermano. Me marcaba hasta los descansos. Luego ya venía la voluntad, la mala voluntad, a llevarse por delante mis cronogramas. Al día siguiente sonaba el despertador, lo apagaba, ignoraba en mi cabeza el plan y, una vez levantada, mis buenos propósitos y mis notitas de colores eran papel mojado. Ni acababa Historia, ni me daba tiempo a terminar el libro, me tenía que saltar TGI y en la cena teníamos mucho de qué hablar como para meternos con los mayas. Solventé bien la carrera -ya se lo digo a mi hermano, no haber elegido una ingeniería-, pero la mala conciencia hace que todavía tenga pesadillas en las que tengo un montón de asignaturas sin aprobar.

Cuando empezó la vida en serio y eso de trabajar decidí dejar el «voy a hacer», «tengo que hacer» o «estoy pensando que». Para la vida real, más que muchos planes, necesitas acciones: «hice», «ya está listo» o «acabo de terminar». Imagínate si eres alcalde.