La pesadilla o guerra -volvemos a repetir términos bélicos también- que nos ha tocado vivir con la peste del coronavirus se está volviendo recurrente. Un déjà vu fatal en números, que nos trae de nuevo mensajes e imágenes ya vistos la pasada primavera. En Celanova, con una plaza Mayor totalmente vacía, sin el mercado de los jueves que anima la semana en calles y comercios, volvía a circular la pick-up de Protección Civil rociando las aceras con desinfectante. Comercios y bares cerrados. Ya visto también. Este enero estamos reviviendo sensaciones, imágenes y mensajes del pasado marzo. Se ve más policía en la calle y Portugal anuncia el cierre de sus fronteras con España. Hay diferencias: las mascarillas, que entonces ni existían ni se recomendaban, las pruebas masivas y las vacunas, aunque con suministro interrumpido por interés de las farmacéuticas. Veremos cuál es la explicación de este retraso. Y qué haremos cuando las vacunas estén a disposición de todos, si nos las pondremos o no. Si en marzo lamentábamos que no se hubiesen hecho test y rastreos como en Corea o en Alemania, ahora que los tenemos, no se entiende bien que falte un 30 % de los convocados para hacerse las pruebas. Esas personas que faltaron al cribado de Celanova, ¿tenían algo más importante que hacer esa tarde -¿ver dos o tres capítulos más de otra serie?- no podían acudir por motivos fundados, tenían miedo al procedimiento o a juntarse con otras personas, o preferían esconderse? Estamos acabando enero del 2021 y lo de marzo del año pasado reaparece no solo como ya visto sino como ya vivido aunque no por eso aprendido.