
Adrián Sieiro y Sergio Vallejo descansan con su familia antes de volver a Sevilla
14 jun 2018 . Actualizado a las 05:00 h.Relajados, en Combarro, frente al club en el que se formaron, Adrián Sieiro y Sergio Vallejo recuerdan el esfuerzo que les ha llevado a lograr la medalla de bronce en el Campeonato Europeo de piragüismo de Belgrado. Desde el 2001, España no conseguía una presea en C-2 1000, entonces fueron Fredi Bea y Mascato los que llevaron lejos el nombre de Galicia. La sequía de estos diecisiete años la rompieron estos dos jóvenes de Pontevedra y Poio que solo dan paladas de éxitos. En un banco, frente a la sede de Piragüismo Poio Pescamar, estos compañeros de aventuras descansan antes de regresar al centro de alto rendimiento de Sevilla para preparar el Mundial de Portugal, antesala de su gran objetivo: «Llevarnos el oro en los Juegos Olímpicos», explica Adrián Sieiro, que además logró una cuarta plaza en C-1 200. Son realistas cuando creen que es posible que en el 2020 defiendan la camiseta nacional en Tokio. Vallejo recuerda cuando David Cal ganó la suya en Atenas. «Estaba con mi madre en casa, ella estaba planchando y era por la mañana, lo vimos por la televisión», recuerda este poiense, que con 15 años se fue al Centro Galego de Tecnificación Deportiva. El esfuerzo deportivo también trajo consigo algunas lágrimas. Hoy ya se ha olvidado de eso, aunque el pasado año, tuvieron que convencerle sus entrenadores para seguir en la lucha.
Los dos recuerdan como llegaron hasta aquí. En su lista de agradecimientos, están muchos nombres propios. «A Julio Aller le debo mucho, pasé de ser un chico normal a codearme con los mejores y ahora Marcel nos apretó y abrió las puertas», explica Sieiro, que se fueron a Sevilla cuando la selección montó un grupo de canoa, que en ese momento no había. Vallejo, por su parte, recuerda también a Aller y a los entrenadores que tuvo en el CGTD, Daniel Costa y Daniel Brage.
Los dos empezaron en esto casi de casualidad. «Cuando era niño jugaba al fútbol, pero era malísimo y un día iba paseando por el Lérez y le dije a mi hermana, si probábamos en el Cidade de Pontevedra», señala. Desde entonces las palas son prolongaciones de sus brazos. Al igual que Sergio, quien pasó por un montón de disciplinas hasta que un verano recaló siendo un niño. «Nos lo pasábamos tan tan bien, que ya no lo dejé más», recuerda el palista de Poio.
Ahora, unos cuantos años después, los dos comparten horas de entrenamiento en aguas del Guadalquivir. Vienen a casa menos de lo que quisieran. Son tan contundentes cuando hablan de sus aspiraciones deportivas como cuando lo hacen de lo que echan de menos a sus familias y amigos. Aunque les está costando, intentarán desconectar del piragüismo antes de volver a Sevilla, donde les espera un mes de intenso trabajo antes de competir en Portugal. «Ahí estará toda nuestra familia», señalan ambos.
No temen a nadie en su lucha, si acaso un poco a los alemanes, pero ponen como referencia las últimas marcas del Europeo para demostrar que desde ahora lucharán por recortar los tiempos. A la pregunta de si son mejores juntos que por separado, los dos aseguran que «por los resultados somos mejor juntos», pero es cierto que en C-1 también empiezan a hacer temer a sus rivales.