Cualquier vida comienza con el nacimiento. ¿Cómo fue el mío?
Podría haber nacido de la cresta de una ola, dentro de una concha, como las perlas; quizás desprendida de la cola de un cometa...
Tal vez, pero no lo creo. No me acuerdo, pero ¿quién se acuerda? Si alguien puede recordarlo, que venga y me lo diga.
Yo no. Yo, por lo tradicional, con un padre y una madre que ya tenían otras bocas que alimentar, así que no sé si sería una bendición o un castigo. ¿Más alegrías? ¿Más sacrificios? Probablemente, un poco de cada.
La espuma de una ola podría haber sido mi cuna, vale, ¿y a dónde llegaría? A la orilla de una playa tal vez, o a un rocoso acantilado… Mejor en una concha, una perla: dura, brillante y valiosa… pero, ¿qué habría sido de mi vida colgada de un collar?
Sin duda habría llegado muy alto; estaría situada directamente, con toda probabilidad, en el cuello perfumado de una dama pudiente…
¡Vaya! ¡No! Será mejor viajar a través del cielo en la cola de una estrella fugaz o un cometa. Vería el mundo desde muy arriba. ¡Pero se aleja tan rápidamente! NO.
La forma tradicional es lo que toca; llorar para que te den de comer y te arrullen; crecer de carne y hueso con otros como tú; dar trabajo y satisfacciones a otros; a mí ya me tocará.
Cuando en las noches claras y estrelladas del verano miro al cielo, me invade la inmensidad. Invade, pero no ahoga, absorbe.
Podría pasar horas así, mirando cómo titilan las estrellas, cómo de vez en cuando se dan un paseo veloz dejando, quizás, caer algo vivo… o solo su brillo efímero…
Entre tantos nacimientos, tantas vidas, tantas olas espumadas que perecen en la orilla de las playas, tantas estrellas y perlas, el mío tuvo que ser un nacimiento como cualquier otro, por un parto doloroso, supongo, porque yo sigo sin recordarlo… ¡y mira que lo intento!