Los presupuestos estatales reflejan una realidad que no se corresponde en determinados casos con los compromisos y exigen una tensión negociadora
05 oct 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Todas las administraciones adolecen de dureza de oídos, pero si hay una que tiene particularmente encallecido el órgano auditivo es la central. Parece que ha escuchado perfectamente las demandas de Raxoi, y asiente a ellas. Luego resulta que hay que tornar a gritárselas para que vuelva a tenerlas en cuenta. Se logran alcanzar compromisos sobre los grandes proyectos de la ciudad, y luego los presupuestos se encargan de deslucirlos.
Las máquinas deben horadar Galuresa y tapar el agujero como muy tarde en los albores del 2011. Ello se logra simplemente concentrando los esfuerzos económicos, y en paralelo los constructivos, en los años previos al remate del siglo. Por ahí se iba a ir. Pero las cuentas estatales ponen la maquinaria y el erario a cien en el 2011.
Hay infraestructuras en las que un exceso de plazo de obra no entraña quebraderos de cabeza para la parroquia compostelana, aunque la ciudad reclame su derecho al pronto disfrute del regalo y el Concello perciba el importe de las sanciones pertinentes. Pero Galuresa es de esas actuaciones a las que se le debe colocar el reloj que marca el tiempo que resta hasta el minuto cero. Los argumentos pueden examinarse a diario en Pontepedriña, que atiende con más fervor en las horas punta.
La terminal de Lavacolla camina sin prisas, mirando al año santo. Del 2021. Los duendes se han colado en el proceso de tramitación del proyecto, y la fecha de adjudicación se empieza a perder en el brumario. Las partidas se sitúan ya en el 2012, es decir, en el extrarradio de los plazos oficiales.
Pero ya más que el horizonte de la obra, a muchos les viene a la mente la obra misma. La marcha atrás existe en cantidad de situaciones vitales, también en las íntimas, pero no se puede aplicar en la inversión presupuestaria de Fomento ya oficializada. Más de uno concuerda en que, si viese el portal abierto o entreabierto, el Ministerio tomaría las de Villadiego, como en el Consorcio, y rebajaría el listón económico en Lavacolla. Los plazos son la sal de la vida, la machaca que aflora a la mínima, pero hay que empezar a preocuparse de que los 200 millones de euros lleguen a puerto, a ser posible en el 2012, y europeícen Lavacolla. Porque Oporto, y otros, se regocijan viendo a los caddies moverse por el pavimento de la magnífica terminal alfombrada de césped y hoyos.
Por las mismas fechas transita la depuradora de Silvouta, que camina con una locomotora agripada. No es meritorio darse con un canto en los dientes si se cumple la previsión presupuestaria del 2012. No obstante, tanto baile de datos e indefiniciones en torno al proyecto auguran lo que uno no desea augurar. Y tampoco en este caso es cuestión de descuidarse, a no ser que a uno le agrade seguir viendo tropezones en el Sar.
Un machaconeo más intenso, si cabe, en los despachos de Madrid va a necesitar el Consorcio, si no quiere ver reducida su poderosa influencia inversora en Compostela. Hablar de este organismo es hablar del nuevo Santiago, es decir, del motor económico realmente capaz de seguir la senda de un plan estratégico. Hay unos programas bastante primorosos guardados en las carpetas interadministrativas que, sería una pena, podrían variar sus trazos si Madrid no lo remedia. Si no lo remedia, se pierden la mitad de los recursos. Al Consorcio, que trajo a Hawking, le explicó muy bien el físico inglés eso de los agujeros negros.
Con la llegada, cada año, del presupuesto estatal, las partidas se hacen cada vez más familiares tras verlas reflejadas ejercicio tras ejercicio (a veces una década entera) en las cuentas de Madrid, hasta el punto de que dan ganas de tutearlas. Pero hacen el mismo efecto que ese pescado de rostro familiar que uno puede ver en un escaparate.