Regreso al Gran Café Español

Nacho Mirás Fole N.M. Santiago / la voz

SANTIAGO

Manuel Ramallo fundó el emblemático local del 37 de la Rúa do Vilar

28 abr 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Lá próxima vez que entre en la librería San Pablo, en los números 37 y 39 de la Rúa do Vilar, realice el siguiente ejercicio: cierre los ojos, trate de ignorar los libros sobre el papa Francisco y las vidas ilustradas de santos -luego, si eso, puede comprar algo, que no le hará mal- e imagínese a don Ramón María del Valle-Inclán protestando allí dentro, a bastonazos, porque le han ocupado su diván favorito. ¿Escucha la música que suena ahora? ¡Es el gran Abelardo Corvino, interpretando al violín obras maestras de Haydn, Mendelssohn y Beethoven! ¿Y ese piano? El de Joaquín Fuster, sin duda.

Ya no está usted en la librería San Pablo, sino en el Gran Café Español a principios del siglo XX. Acaba de entrar en uno de los locales con más clase de cuantos haya atesorado la hostelería compostelana y, según los entendidos, la oferta barística de Galicia entera. Una advertencia: llévese una corbata o, muy amablemente, no le dejarán cruzar la puerta giratoria, la primera, por cierto, de las que se instalaron en Santiago de Compostela. Si cuida la indumentaria y los modales, antes de que se dé cuenta estará a su lado Daniel, El guardia, uno de los camareros preferidos de la clientela, atendiendo su comanda. Si quiere un cóctel o una cerveza, sin duda Alfonso Iglesias es su hombre.

American Bar

«Meriendas, cocktails, limonadas, naranjadas, helados, refrescos», reza la publicidad del local que regenta Manuel Ramallo Gómez, un lugar que incorpora novedades como los frapés y los batidos de leche. «Primera casa en España que instaló esta maquinaria moderna -añade el reclamo-, conciertos diarios por las mejores orquestas nacionales y extranjeras». A Ramallo le gusta tanto ofrecer lo mejor que ni siquiera le ha temblado la mano a la hora de quitarle al Café Central (justo enfrente) a su mejor barman: Alfonso Iglesias, que no se resistió a una tentación de cuarenta duros más las propinas.

El viaje a los bajos de la Rúa do Vilar 37 y 39 no sería igual si su máquina del tiempo atrasa: Según cuenta el padre Calo, reputado musicólogo, hubo un primer Café Español que se inauguró en la calle de las Huérfanas, donde está Casa Raposo, el 8 de febrero de 1875. El traslado a la Rúa do Vilar se hizo hacia el año 1917 o 1918, según refiere Mercedes Pintos en el libro A lume lento, editado por Hostelería Compostela. Así que afine con el condensador de fluzo y, para mayor seguridad, programe, por ejemplo, 1933, en plena República, con una Compostela alegre y animada.

Pintos describe un amplio local, «decorado con espejos, con capacidad para cuatrocientas personas sentadas, al que se accedía por una puerta giratoria». Al fondo, mirando al Casino, una barra grande y majestuosa y, a su lado, «el escenario en el que las orquestas combinaban repertorio clásico y de rabiosa actualidad». Completan la decoración, añade la autora, mesas de cristal o mármol (para los jugadores de dominó) y los grandes divanes para las tertulias, que hacen de este café, sin duda, el más selecto de Galicia.

Si quiere seguir danzando por el pasado, puede probar a ver qué tal está el local hacia finales de los cincuenta, en los sesenta, casi cerrando... En todo este tiempo ha pasado por fases muy diferentes. Si recala en esa última etapa, nada más cruzar la puerta se encontrará con algo que antes no estaba: Un gigantesco mural pintado en la pared del fondo por Antonio Moragón que representa a cinco facultades de la Universidad de Santiago. Muy lejos están para entonces Fuster o Corvino. De Ramallo le contarán que se marchó a Madrid en los años de la Guerra y allí montó un restaurante gallego. Otros le sucedieron.

Baldomero Cores, veterano periodista y abogado, recuerda que, cuando el Gran Café Español desapareció, ocupó el local una tienda de regalos, Stilnovo. Y después nosotros, La Voz de Galicia, hasta finales de 1996, cuando nos fuimos con mucha pena y cogió el testigo la actual librería de la Iglesia, San Pablo.

nacho.miras@lavoz.es

«A mi abuelo le preocupaba mucho tener en el local lo mejor de lo mejor. Incluso llegó a ir a París a contratar a una orquesta». Esperanza Barrera Ramallo, archivera jubilada del Concello de Santiago y nieta del alma del Gran Café Español, Manuel Ramallo, cuenta que la visita de Valle-Inclán, cuando estaba en Santiago, era diaria. «Tomaba un portoflick, hecho con vino de Oporto y siempre tenía que acompañarlo de pastas de la Mora, no aceptaba otras», narra tirando de memoria familiar.

La Guerra Civil lo cambió todo, incluido el local. El empresario Cazón sucedió al Ramallo al frente del negocio, aunque no tardaría en vendérselo, según cuenta Mercedes Pintos -por boca de Alfonso Iglesias- a un boticario de Ourense.

Hubo un resurgir en los años 50, cuando Ramón Otero Pedrayo fue nombrado catedrático de Geografía. Pintos cuenta que Otero, entre 1955 y 1958, «pudo tomar contacto con esa nueva generación conocida como La Noche, pues casi todos sus integrantes colaboraban en el periódico que dirigía Borobó. García Bodaño, Gustavo Docampo, Ramón Lugrís, Porto Mella, Ramón Piñeiro, Ferrín, Beiras, Bernardino Graña, Bouza Brey... la lista es larga. Pero también atesoran las paredes de la librería San Pablo los alientos de Berlanga, de Cunqueiro... Y las maracas de Antonio Machín, a finales de los sesenta, «tal vez el último gran suceso» del Español, en palabras de la investigadora.