Manuel Caeiro Quintás, un pionero, soñaba con un trole que no pudo ser
05 may 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Hoy viajamos en ómnibus. Póngase la cara de 1967 y lleve cambio: 2 pesetas le costará el billete normal; 1,30 si es usted obrero y se sube antes de las nueve de la mañana; y una peseta si todavía no ha cumplido los catorce años, aunque me da que no va a ser el caso. Si le parece, nos subimos en la Choupana, nos apeamos en San «Cayetano» -estamos en 1967, manda Franco- y así, de camino, le cuento la historia de los autobuses urbanos de Santiago. Vamos allá.
Ahí llega, puntual, el Hispano Barreiros de Caeiro y Lado, que es la compañía concesionaria del servicio en Santiago.
-Buenos días.
-Buenos días, señor conductor. ¿Me cobra?
-Eso atrás, al señor Mosquera.
Efectivamente. Hoy cobra en la línea Ramón Mosquera (Oroso, 1933), que en 1967 lleva casi cinco años trabajando para Caeiro y Lado. Está a punto de ascender a inspector y luego llegará a jefe de servicio, aunque él todavía no lo sabe. Así que, mejor, no se lo decimos; no es bueno que nadie sepa demasiado de su futuro, lo aprendí en una película. Como viajero del tiempo, sé también que se jubilará en el 99 y que jamás se volverá a subir en un autobús hasta que, un día de abril del 2013, lo llame yo para hacer este reportaje. Le irá bien a Mosquera; es un tipo duro e inflexible, pero hace muy bien su trabajo.
A lo que estamos. Hace un calor insoportable. Vamos llenos hasta la bandera. De personas y de bolsas, de verdura, de paquetes... «Ómnibus» viene del latín: para todos. Faltan años todavía para que nos instalen el aire acondicionado.
Hoy Mosquera está hablador. «O das paradas é un pouco relativo, hai que pensar na xente. Se chegas a onde normalmente sube fulano e fulano non está, agardamos». Es una relación casi familiar entre los transportistas y los transportados. ¡Vivan los años sesenta! Chssst. Ahora que Mosquera no escucha, le contaré que, dentro de unos años, cuando ascienda y tenga mando en la empresa, le ocurrirá lo siguiente: Un día se encontrará con uno de los autobuses de la compañía parado en la calle: «¿Está averiado ou que pasa?», preguntará Ramón. Y el conductor le contestará: «Non, señor Mosquera, é que non saíron aínda as nenas de Cluny e falta outra persoa máis». Semejante compromiso con el cliente se le quedará grabado al inspector hasta el punto de que me lo contará cuarenta años después, en el 2013.
Buf, qué lleno va esto hoy. A esta velocidad no sé si llegaría antes andando. «¡Dejen libre el pasillo! ¡Muévanse hacia atrás!», dice Mosquera, que hace también de acomodador. «Non é para facer máis cartos metendo máis xente, senón por dar servicio a esta xente, que vai traballar, non a facer turismo», aclara.
Parada en Porta do Camiño. Por una ventana se asoma un fulano a medio afeitar que le grita al autobús: «¡Un momentiño, que só me falta este lado da cara!». El cobrador mueve la cabeza y me dice: «Podemos ser parvos, pero non tanto». Arrancamos. Huele a gasóleo, a pescado, a humanidad. Parece que en este Hispano Barreiros viajara Compostela embutida.
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