Me fascina la edición gallega del clásico Monopoly. Me encanta soñar con que me compro la catedral de Santiago al precio más caro del tablero -400 monedas de Monopoly- o la torre de Hércules por 50 menos, así como las Cíes, la playa de As Catedrais, Combarro, Ribadeo o el castro de Santa Trega. Me sorprende comprobar que puedo ser la dueña de la marca de la Festa do Apóstolo, del Camiño de Santiago o de la Misa do Peregrino, así como la señora absoluta de maravillas como el pulpo á feira. Eso sí, con la toponimia en castellano, porque tal y como me explicaron en la librería San Pablo, donde venden el juego, es un producto demandado por los lugareños, que disfrutan comprando los mejores monumentos de su tierra, pero también por los turistas, que se lo llevan de recuerdo, y ya se sabe que los gallegos somos muy considerados con los que no conocen el idioma, que hasta les pedimos perdón por bautizar nuestras aldeas en la lengua vernácula, para que luego venga uno de Madrid y no sea capaz de establecer la relación entre O Carballiño y el árbol que le da nombre. Pero vamos, que me estoy desviando del tema, que lo que yo quería decir es que es una suerte poder ahora jugar con nombres de lugares conocidos y reconocidos y no como antes, que pagabas un dineral por el paseo de la Castellana o por la calle Serrano, enclaves madrileños a los que no te irías a vivir nunca.
Es un placer gritar «¡Me compro la Catedral de Santiago!». Produce una sensación de poder similar a la que debe sentir Trump cuando dice «Me compro Groenlandia». Pero eso ya no es un juego.