Adriana Asorey: «Regresé para evitar que mi hija sintiese Santiago como algo ajeno»

Renunció a su carrera de economista en Bruselas para abrir un negocio en su ciudad


santiago / la voz

El único mérito para poder escoger un rincón y contar algo en esta página es el vínculo con Compostela. A algunos les viene de cuna, porque nacieron aquí, y otros, si cabe con más mérito, porque a pesar de ser de otros lugares escogen Santiago para desarrollar su vida. Adriana Asorey es de los primeros, porque es compostelana de nacimiento, pero forma parte de esa generación que se marchó por motivos académicos y laborales, que emprendió una carrera en el extranjero, pero que regresó para continuar cerca de los suyos.

Es una emigrante retornada, y como tal figura en la estadística creciente de gallegos de nacimiento o descendientes que regresan a su tierra, unos 6.000 al año. Su historia, sin embargo, está pegada al siglo XXI y es completamente distinta a lo que la diáspora nos tiene acostumbrados. Su ciudad le permitió terminar los estudios y adentrarse en la carrera de Económicas en los años en los que todavía había colas eternas para formalizar la matrícula de cerca de 40.000 estudiantes. Vivió plenamente pero «en casa» la intensa movida de aquellos años, y hubiera empezado encantada Filoloxía Francesa, «pero mi padre me persuadió en un momento en el que no sueles tener las cosas muy claras».

No tardó en engancharse a la carrera, y tras irse a la Autónoma de Barcelona con una beca Séneca, decidió que quería especializarse en política económica e internacional, lo que la llevó a adentrarse a través de la tesina en cuestiones relacionadas con la Unión Europea. Esta decisión fue clave en su siguiente paso vital, en el que también influyó la crisis que ya se intuía y que amenazaba su salto al mundo profesional. Por eso acabó pidiendo una beca no remunerada para trabajar en Bruselas en la fundación del Partido Nacionalista Corso. «Iba para tres meses y al final me quedé seis años». Pronto se desvinculó de la política y se integró en la consultora Price Waterhouse, que la contrató para desarrollar un proyecto de la UE de cooperación transfronteriza. «Llevaba los temas de comunicación con los estados miembros y la Comisión, y hacía las tareas administrativas que implica una iniciativa vinculada al Acuerdo Schengen».

Bruselas, cuenta, es una «ciudad de expatriados, genial para vivir cuando eres joven» y que comparte con Santiago su carácter «institucional, pero luego es totalmente distinta. Allí es difícil tener amigos belgas, porque en cierta medida reniegan de ella». Le costó adaptarse «porque venía del sol mediterráneo de Barcelona», pero pronto vio sus atractivos más pragmáticos: «Siempre hay trabajo, las condiciones son buenas y cuando venía de vacaciones y veía cómo era la situación de mis amigos que se quedaron en Galicia me daba cuenta de que no podía volver».

La vida «en una burbuja» cambió radicalmente con la llegada de Nora, su hija, que va a cumplir seis años y que es a partes igual «belga, catalana y compostelana». Con unos trabajos que implicaban viajar mucho y sin el apoyo de la «tribu», el único recurso empezó a ser la guardería, que era muy estricta con los horarios y le obligaba a «correr por Bruselas» para llegar a todo.

Tras pasar la Navidad del 2015 con la familia le costó más que nunca volver a Bélgica y empezó a pensar en el retorno. «En la decisión para regresar pesó sobre todo el evitar que mi hija sintiese Santiago y todo lo que implica como algo ajeno». Si se hacía adulta en Bruselas le iba a costar mucho más volver, «a ella y a mí, y no me quería ver como una abuela expatriada que pasa sus vacaciones en Alicante».

Había algún riesgo, pero en el verano del 2016 dio el paso. Entonces ya tenía su proyecto empresarial pensado.

«Se puede estar en el casco histórico y vender en Dubái, Estados Unidos o Australia»

 

 

El proyecto que empezó a rondar la cabeza de Adriana no fue casual. Con una niña pequeña y viviendo en Bruselas eran habituales los viajes a otras capitales europeas, por ocio o trabajo. Así empezó a conocer tiendas de ropa de niños que se apartaban por completo de las grandes cadenas y que nunca encontró en Galicia. A pesar de que ya era consciente de las dificultades demográficas y del fenómeno metropolitano que ha llevado a las parejas jóvenes lejos del centro, pensó que tenía sentido un «negocio pequeño, singular y que estuviera en el casco histórico». Eran sus tres prioridades. De hecho, cuando Le Petit Coin (El pequeño rincón) abrió en la Rúa Nova, el proyecto de venta por Internet ya estaba en marcha, con una estrategia que le ha valido un reconocimiento autonómico y otro europeo por su carácter innovador. Se apoyó en influencers de la moda infantil para generar cierta expectación por la tienda física, y se trabajó duro su posicionamiento digital.

Hoy recibe pedidos «de Grecia, Estados Unidos, Dubái o Australia», y al mismo tiempo abre cada día las puertas en la zona vieja a un pequeño espacio con aires de boutique europea. Son dos negocios paralelos y así seguirán, «no me planteo otra cosa», porque tiene clientes «fieles» a ambos lados. A unos llega a través del márketing, mientras que los presenciales requieren «más detalles, conocimiento personal y exclusividad», de ahí que en su mercancía, de precios más bien altos, solo llegue una prenda por talla. Sabe que desde la perspectiva del comercio tradicional le ha puesto una vela a dios y otra al diablo, pero es tajante: «La competencia es tan grande que la única salida es diferenciarse».

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