Un imprevisto llevó a estas mexicanas a celebrar en el Camino de Santiago sus 50 años y ya planean repetirlo

Patricia Calveiro Iglesias
Patricia Calveiro SANTIAGO / LA VOZ

SANTIAGO

Ocho peregrinas de distintas ciudades de México completaron el pasado día 26 una aventura a través del Camino de Santiago para «agradecer haber cumplido los 50 años, aunque cada una de nosotras llegó con sus propias necesidades e historias personales (desde familiares fallecidos recientemente hasta enfermedades o retos laborales)», cuentan. Tras la experiencia, dicen que les gustaría repetirlo cada año para «celebrar la vida».
Ocho peregrinas de distintas ciudades de México completaron el pasado día 26 una aventura a través del Camino de Santiago para «agradecer haber cumplido los 50 años, aunque cada una de nosotras llegó con sus propias necesidades e historias personales (desde familiares fallecidos recientemente hasta enfermedades o retos laborales)», cuentan. Tras la experiencia, dicen que les gustaría repetirlo cada año para «celebrar la vida». CEDIDA

Ocho mujeres cuentan su accidentado periplo como peregrinas, una experiencia en la que han «aprendido a viajar ligeras»

14 may 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Un imprevisto llevó a un grupo de ocho mexicanas a hacer el Camino de Santiago esta primavera. La mayor parte no se conocían cuando partieron. Carolina García Martínez fue el nexo de unión entre todas ellas. Esta directora de ventas de Villahermosa cuenta que todo surgió como una aventura cumpleañera junto a una amiga arquitecta, Vanessa Matus: «Teníamos planeado un viaje para celebrar nuestros 50 años a Jordania. Debido a la situación en la zona, en septiembre del 2023, ella me sugiere cambiar el destino para hacer el Camino. A las dos nos parece excelente idea, pues llevábamos varios años deseando hacerlo. Empezamos a buscar opciones y Martha Vera, de Creatur Viajes, nos propone un plan organizado donde la logística del equipaje, el vehículo de apoyo y el alojamiento está previstos». Parecía que iba a ir todo rodado, pero tuvieron que hacer frente a unos cuantos contratiempos.

En los siguientes meses, se fueron uniendo a su viaje otras mujeres —de entre 50 y 67 años— que conformaron el grupo que finalmente salió de Sarria el 21 de abril: Anabel García Avitia, dueña de una tienda online de artesanías, junto con su hermana (Araceli, economista) y cuñada (Mirla García Olivares, licenciada en sistemas); así como la cuñada de Carolina (Linda Valverde, gerente de ventas), quien a su vez invitó a una amiga (Carla Villareal); además de una última ama de casa (Araceli Trejo). A punto estuvo de quedarse en tierra la culpable de juntarlas a todas por un problema repentino de salud de un familiar cercano, pero pudo coger un vuelo a Compostela justo un día antes de emprender la caminata para unirse al resto. «Para agregar contratiempos, Linda se fracturó un dedo del pie el día que volaba a Madrid. Le permitieron viajar con una bota ortopédica, por lo que nos acompañó en el vehículo de apoyo, echándonos porras, animándonos, ayudándonos con el registro en los hoteles, etcétera. Fue nuestro ángel de la guarda, un ángel de la guarda muy divertido», relata Carolina.

Ninguna de ellas había hecho antes el Camino de Santiago y «la experiencia fue una sorpresa para todas», «nos esperábamos el gran esfuerzo físico y las oportunidades de reflexión espiritual e introspección», pero no el nivel de convivencia y camaradería que acabaron encontrando, añade: «En sí, nadie de nosotras es una atleta ni contábamos con gran entrenamiento de distancia. Hubo momentos duros, sobre todo el tramo de Palas de Rei a Arzúa, donde hicimos 32 kilómetros con varias cuestas. Aunque fuimos bendecidas con días de perfecto sol, y solo nos llovió los últimos kilómetros en la entrada a Santiago, el frío hizo que todas nos enfermáramos en algún punto. Lo que nos sorprendió fue el nivel de convivencia y camaradería que pudimos tener durante el Camino. Éramos un grupo de mujeres que, salvo yo, no se conocían entre sí, y el nivel de apoyo, tolerancia, entusiasmo que surgió en esta semana fue lo más bonito. También encontramos personas maravillosas durante nuestro viaje, como un sacerdote que había vivido en México y que nos regaló medallitas bendecidas, una pareja venezolana de 80 años que caminaba a nuestra par o una chica que hacía el Camino desde Oviedo acompañada solo por sus dos mascotas para demostrar que los perros adoptados son excelentes compañeros de vida».

Saboreando cada etapa

Aunque las mexicanas salían cada día a las ocho de la mañana, fueron saboreando cada etapa —desde su gastronomía a los paisajes— y generalmente eran las últimas en llegar al final de etapa. «Aún no habíamos terminado el viaje y ya estábamos planeando el próximo Camino. Lo más probable es que hagamos el Portugués y que nos acompañen más amigas. Este viaje nos ha enseñado a apreciar los viajes más lentos, donde la naturaleza y la convivencia con tus compañeros es lo más disfrutable y valioso. También a aceptar contratiempos y poner buena cara. Ningún otro viaje te ofrece lo mismo. Descubrimos que, el Camino es como la vida, hay que aprender a viajar ligero. Solo se necesita mucha paciencia, hambre, sed y, sobre todo, viajar con la mejor compañía», concluyen estas peregrinas.

La mayor parte de ellas regresó a México el 28 de abril, mientras que Vanessa y Carolina siguieron disfrutando del paraíso gallego y de su capital hasta comienzos de este mes: «Santiago de Compostela nos encantó. Sus hermosas iglesias, la monumentalidad de la plaza del Obradoiro, la majestuosidad de la Catedral. Visitar el sepulcro del Apóstol y compartir la fe con tantos peregrinos fue muy emotivo. La comida del Mercado de Abastos es una verdadera delicia».

«El Camino no es un maratón ni una competencia de velocidad. Quien lo hace solo por el reto físico o por conseguir al final la compostela, creo que se pierde de lo más lindo de la experiencia. Nosotras paramos en todos los bares y terrazas de cada aldea a tomar un café, una sangría, una cerveza, un tinto de verano... Comimos delicias en el Camino: el famoso pulpo de Melide, la ternera de Portomarín, la tortilla gigante de Ventas de Narón y, por supuesto, las zamburiñas. Todos los kilos que bajamos caminando los recuperamos felizmente bebiendo y comiendo. Estas breves paradas que a veces se alargaban, hicieron el viaje muy especial. También nos sorprendió el bellísimo paisaje de Galicia: los campos con flores silvestres amarillas, lilas, moradas, rosas; los árboles cubiertos de musgo; las casas adornadas con macizos de alcatraces y camelias o con racimos de glicinias. Nos encantó encontrarnos con vacas, ovejas y caballos en el camino, así como con un gaitero cuya música también nos pareció mágica. También disfrutamos metiendo los pies adoloridos en un manantial de agua helada, según recomendaron otros peregrinos», recuerda la directora de ventas de Villahermosa.