Mucho ruido turístico en Santiago y pocas ventas: «Se ve mucha gente pero no toda compra»

Yaiza mesa / I. C. SANTIAGO / LA VOZ

SANTIAGO

Viviana Monch lleva solo tres años pero nota la bajada de ventas
Viviana Monch lleva solo tres años pero nota la bajada de ventas JACOBO RODRIGUEZ

El comercio del casco histórico describe un cliente que compra menos y busca lo más barato

09 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

En los últimos años recurrentemente se da la noticia de una bajada muy notable del rédito económico que la ciudad saca de sus visitantes. La temporada de turismo en Santiago dura todo el año, más intensa en los meses de primavera y verano, y mantiene la economía de la ciudad, especialmente la de los comercios de zona vieja. Es en esta zona donde La Voz se ha parado a preguntar a los que trabajan en tiendas de recuerdos, cuál es su visión de un turismo que, ya adelantan, «ha cambiado».

En la calle del Franco, en una tienda de tartas típicas de la ciudad, O Candil, trabaja Viviana Andreina Monch desde hace tres años. «He notado mucha diferencia de un año para otro, el 2025 fue muy bajo con respecto al 2024 y este es incluso más bajo que el anterior. No hemos conseguido llegar a la meta —de ventas— ningún mes porque se ve mucha gente pero no toda la gente compra. Una tarta es un lujo y el turista se limita a cubrir comidas y hospedaje», afirma la trabajadora que se encarga de ofrecer pedacitos del pastel a todo el que pase por la calle.

Carmen Calveiro, treinta años en su local, nota «un menor civismo»
Carmen Calveiro, treinta años en su local, nota «un menor civismo» JACOBO RODRIGUEZ

Una sensación similar tiene Carmen Calveiro Formoso, de Recuerdos Obradoiro, que lleva treinta años con el negocio. «Hay muchísimas personas, lo que nos interesa es un cliente con un poco de poder adquisitivo y lo que viene ahora es de ‘‘zapatilla’’ como se suele decir, no gastan mucho», afirma. Con un local que en un principio estaba dirigido al turismo, está en transformación poco a poco —actualmente gestionado por su hijo— en dirección a un comercio menos ligado a los recuerdos de suvenir y más a los artículos de colección. «Ha cambiado mucho la cosa, antes la señora de la limpieza compraba su cosita de plata igual, pero ahora no compran. Ves cuatro compartiendo un pulpo a las dos de la tarde. Tenemos un turismo muy masificado y con un civismo muy desaparecido», afirma Carmen, que apunta estar cansada de los grupos de jóvenes que taponan las calles de la ciudad.

Carlos Rodríguez recibe a todo tipo de turista con los brazos abiertos
Carlos Rodríguez recibe a todo tipo de turista con los brazos abiertos JACOBO RODRIGUEZ

Una visión un poco diferente de la clientela tiene Carlos Rodríguez, gerente desde hace más de veinte años de A Cesta Tenda, un comercio con una fórmula muy similar a la de una despensa. El empresario ve este cambio del turismo como una mayor democratización del mismo. «Santiago es una ciudad universal, el Apóstol es una figura universal; todo el mundo con mayor o menor economía, debería de poder viajar y visitarnos. Los pobres también tenemos derecho a ir y disfrutar de todas las ciudades bonitas que tiene nuestro país», declara. Así, percibe que la ciudad está preparada para acoger a todo tipo de economías, tanto el hospedaje como la restauración, siempre y cuando, apunta, «exista una regulación que permita vivir en armonía a turistas y a ciudadanos».

En esta misma tienda, junto con Carlos, trabaja Belén Piñeiro, que describe a su cliente ideal como «el que me propone retos, que es de la tierra y que conoce sobre gastronomía». Hace dieciséis años que Belén está trabajando cara al público y recuerda una de las escenas más insólitas que ha vivido en el comercio: «Me dio mucho miedo, yo era muy jovencita, tenía 21 años, estaba atendiendo a una señora, y la mujer sin venir a cuento me arrancó un pelo y se lo guardó. Me quedé en shock totalmente y pensé que me iba a hacer vudú», declara. 

Mucho ruido y poca venta

En Xanela Agasallos trabaja Isabel Cáscara desde el 2005. Ve tranquilo este verano, «a nivel de ventas más relajado y de gente más o menos», afirma. Justo acaba de terminar la festividad del Apóstol y la dependienta describe «una semana del Apóstol no muy excesiva, de hecho hay días que ves los bares medio llenos, lo cual en estas fechas no era normal, solían estar saturados de gente buscando donde comer». Ahora mismo venden muchos recuerdos pequeños que son fáciles de guardar y de llevar en la maleta, «los imanes son los que más rulan junto con pins y pequeños detalles», observa, y continua diciendo que «el turismo en general sigue más o menos igual desde que comencé, lo único que si hay más estos años son estas agrupaciones de rapaces que vienen en maratón, desaparecen multitud de cosas y dan más guerra», declara. Se refiere, como doña Carmen, a los jóvenes peregrinos que vienen con colegios católicos. Una de las cosas que más le estresan en su trabajo es una situación, según la dependienta y sus compañeras, más que habitual y son los clientes que regatean constantemente. Escena que sucede en el momento en el que comparte sus impresiones sobre el tema con una pareja de extranjeros que insistentemente querían un regalo extra. «Les dices que no, insisten, dan una vuelta a la tienda y vuelven a preguntar a otra compañera como si la versión fuese a cambiar», afirma.

Ana Arroyo esperaba más volumen de turismo
Ana Arroyo esperaba más volumen de turismo JACOBO RODRIGUEZ

Ana Arroyo, unas puertas al lado en Agasallos, no hace más de un año que empezó a trabajar en el sector del recuerdo y confiesa que esperaba más volumen de trabajo por lo que sus compañeras le contaron de veranos anteriores. Aun así detecta, a pesar de su poca experiencia, que los clientes normalmente dan muchos rodeos preguntando precios y terminan llevándose muy poca mercancía. «Lo que más vendemos es la plata, es muy económica en comparación con otros países y eso gusta mucho», afirma.

Como muchas de sus compañeras, la realidad de su día a día es la misma, «hay días que la calle está full y en la tienda no hay nadie», apunta. Es una frase muy repetida por el resto de tiendas de las turísticas calles de la zona vieja.

Mar Fariña tiene claro que «si existe un problema, hay que unirse»
Mar Fariña tiene claro que «si existe un problema, hay que unirse» JACOBO RODRIGUEZ

Mar Fariña, de la platería Fariña Formigo, en plena calle Azabachería, tiene claro que la situación de tiendas como la suya, que dan un producto artesanal y único, es cada vez más complicada, dejando entrever que los suvenires hechos en serie a bajo coste perjudican al negocio pequeño. «Si existe un problema, hay que unirse y buscar una solución entre todos, hace cuatro años intentamos tener una asociación —Asociación Porta Norte Compostela— y si no nos movemos todos a una no sirve de nada», declara.

El local de Mar se centra en un recuerdo más personal, en esa misma calle hay varios establecimientos enfocados igual al turismo y según pronostica la empresaria, en diez años los negocios pequeños como el suyo desaparecerán, «quedarán solo los locales que son llevados por grandes empresas y venden productos de calidad dudable y diseño repetitivo», manifiesta. El Xacobeo 2027 es muy esperado, con la idea de que sea un año de revitalización para el comercio.