¡Más sonrisas!

Cristóbal Ramírez

SANTIAGO

Hay un aspecto del turismo compostelano que no se está trabajando o, si se trabaja, no está dando resultado. Porque abundan los propietarios y asalariados que no ven y, peor aún, se niegan a ver. Debe ser que llevan la ceguera en el ADN. Y si la llevan quiere decir que no son los únicos.

Pongámonos en situación: un jueves por la mañana. Dos profesoras de la universidad de A Coruña una, y otra —venida expresamente— de la universidad británica de Durham. Objetivo: elaborar un estudio académico con el fin de presentarlo en un congreso internacional. Tema: utilización del inglés en el Franco y en A Raíña. Método de trabajo inicial: fotografiar los menús en los establecimientos, para lo cual pasan entre dos y cinco minutos en cada uno de ellos.

Acogida: indiferencia absoluta en general, con algunas excepciones y un punto negro. Y eso duele porque ese punto negro es nada menos que el lugar más emblemático de A Raíña, sobre el cual quien escribe estas líneas publicó comentarios generosos (y muy justos) en este mismo periódico y en varias guías. Se trataba de ir unos segundos a la parte de atrás, y la enorme descortesía de la camarera o lo que fuera (sí, gallega pura de arriba abajo, tranquilícense los racistas que menosprecian a los latinoamericanos) hizo abrir la boca de asombro a la profesora británica. Otra camarera se acercó con cara de pocos amigos y complicó la escena.

¿Una anécdota? No, lo siento. Esa actitud es uno de los problemas de la hostelería compostelana. Por supuesto que abundan quienes derrochan amabilidad, sonrisa y profesionalidad. Pero aparecen garbanzos negros. Y sin sonrisa, el turismo en Santiago continuará en picado. ¿O es que no se han enterado?