
Hace un par de semanas, por motivos personales, realicé un viaje en la línea de autobús que cubre el trayecto Boiro-Padrón y otro en la de Padrón-Pontevedra, ambas gestionadas por Monbús.
Hacía mucho tiempo que no viajaba de esta forma y casi me hacía ilusión. Incluso hice el plan para tomar un café en el punto de partida, otro en la estación de Padrón y otro al llegar a Pontevedra, a modo de ritual, sin prisas. El día anterior consulté los horarios y elegí el de las 08.40.
A las 08.25 estaba en la parada. Al mismo tiempo llegó una chica con una maleta, que supuse estudiante, y un chico, joven también. Pasaron los minutos y el autobús no llegaba por lo que les pregunté a ellos si sabían algo que se me escapara a mí. El joven me indicó que a buen seguro ya había pasado, que lo hacía casi siempre antes de tiempo. Y vaticinó que el siguiente llegaría un poco tarde; que también era costumbre.
Acertó y llegó con retraso. Un conductor que parecía enfadado con el mundo, sin responder a mi saludo de cortesía, farfulló que ese no paraba en Padrón. A la tercera fue la vencida. Llegué a Padrón y —sin tiempo para el café— me embarqué en una tartana con ruedas que fue dando botes hasta Pontevedra. Como casi llegué mareada tampoco hubo café.
Presenté una reclamación y la respuesta fue que comprobado el GPS el autocar de las 08.40 había pasado a las 08.23, que lamentaban las molestias y esperaban que esa «solución» fuese de mi agrado. Mientras tomaba un café, recordé lo que me habían dicho los estudiantes y me reí pensando que todavía hay quien se pregunta por qué la gente viaja poco en transporte colectivo.