Dios se esconde en el cerebro

Jesús Flores Lojo
JESÚS FLORES A CORUÑA

SOCIEDAD

La «neuroteología» triunfa en EE UU buscando explicaciones científicas a las vivencias místicas y religiosas Puede que Dios sólo exista en nuestros cerebros. Al menos así lo aseguran diversas publicaciones científicas que han invadido Estados Unidos en los últimos meses. Inmersos en el apasionante mundo de la llamada «neuroteología» algunos investigadores buscan ahora las bases biológicas de la espiritualidad. El abanderado de esta nueva disciplina es el neurólogo James Austin, autor de un tratado de 844 páginas que, bajo el título «Zen y el cerebro», ha acaparado la última portada de «Newsweek».

01 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Un domingo de marzo, mientras esperaba su tren en Londres, el neurólogo James Austin fijó su vista en la lejanía. Este médico estadounidense, formado en los más sólidos principios del positivismo científico, no vio nada fuera de lo común: unos cuantos edificios sucios y el eterno cielo gris. Medio ausente ante lo que observaba, Austin recordó en esos momentos el retrato de un budista sobre el que había estado leyendo. Y entonces percibió una sensación que jamás había experimentado antes. Una sensación de existencia individual, de que el mundo físico se separaba de él, evaporándose como la niebla de la mañana. Comenzó a ver las cosas «como realmente son», recuerda. La conciencia de «yo, mi o mío» desapareció. «El tiempo no era presente», dice. «Tenía un aura de eternidad. Era como si se me hubiera concedido la gracia de comprender la naturaleza última de todas las cosas». Muchos llamarían a esto una experiencia mística, un momento espiritual; incluso, si lo prefieren, una epifanía religiosa. Pero James Austin, no. Más allá de interpretar su instante de gracia como algo ajeno a la comprensión de nuestros sentidos y mucho menos como la comprobación de que hay un dios, Austin se lo tomó como «la prueba de la existencia del cerebro». Como neurólogo, él sólo acepta que lo que vemos, escuchamos, sentimos y pensamos se origina en el cerebro. Aquel momento de Austin en la estación de tren le llevó a explorar los mecanimos ocultos de las experiencias místicas y espirituales. Es posible, razonó, que si el miedo y la conciencia de uno mismo desaparecen en un momento dado simplemente sea «porque algunos circuitos del cerebro se interrumpen».