06 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

YA ESTÁ liada. Sólo con encender la televisión se nota que es septiembre. Vuelven los clásicos. Y sálvese quien pueda. Porque pintan bastos. A la espera de ver lo que se monta Wyoming en la cadena oficial (se abren apuestas sobre el nuevo talante, el de Wyoming, claro) ya va uno teniendo pesadillas con el Arguiñano que, en un golpe de efecto, aparece por todas las esquinas estofando cordero. Doblete. Rico, rico. ¿Y qué me dicen de esos nervios que cosquillean en su estómago aguardando a los grandes popes? Que si Sardá, que si Boris, que si María Teresa Campos, que si su hija, que si la madre del cordero... Qué bendición poder escuchar su cháchara día sí día también. Pero, mientras llegan los manás, el generoso programador televisivo no nos iba a dejar a dos velas. No caerá esa breva. Por eso ya ha desembarcado la general Milá con su equipo de frikis. Ya ha empezado Gran Hermano. Qué alborozo. Y es la sexta edición. Qué delirio. Con sus niños musculosos. Con sus niñas soñando con hacer portadas en pelotas. Con sus cabras. Con sus gallinas. Qué lujo. Aunque el comienzo ha venido marcado por unos líos de faldas que no se cree ni el apuntador, no se pierdan a una chavala asturiana que, desde el minuto uno, nos descubre el pilar de su existencia y su intimidad. No dar palo al agua hasta irse al hoyo. Di que sí, niña. Que para trabajar ya estamos una legión de vulgares. En fin. Felicitar a las mentes que han creado este magnífico desnorte televisivo. Un ecosistema donde el parásito es rey y la estupidez, cosa pública y cotidiana. Gracias. Gran labor. Pan y circo hasta atragantarse.