26 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EN un país lejano, una señora pagó 37.000 euros, lo que vale un coche grande o dos medianos, por un gato clonado de su gato anterior, o sea, por un gato copiado que hasta tiene la misma personalidad del original, según dice esta amante de los gatos o, mejor dicho, esta amante del gato, porque esta mujer no se sabe muy bien si quiere a todos los gatos o sólo al mismo de antes, que debía ser el gato ideal y definitivo. Había antecedentes pero no muy exactos de esta perpetuación de la mascota. Por ejemplo, aquella familia que tenía al perrito disecado en un estante encima de la chimenea, y de vez en cuando aun le hacían algún cuento. Con tantos gatos como corren por ahí por mucho menos de 37.000 euros, todos con sus personalidades, más o menos cazadores de ratones y de pájaros, señales avanzadas de las casas de aldea, figuras destacadas en los prados, competidores subvencionados de los raposos y las garduñas, eso de quedarse para siempre con el mismo resulta un poco tenebroso, porque supone renunciar a la novedad y al conocimiento de otros modos de belleza y otras formas de dar y recibir cariño, aunque sea en ese grado tan leve en que lo hacen los gatos. No debemos ni imaginar lo que puede pasar, en un futuro que espero no ver, cuando los copiados sean humanos. Un planeta plagado de personas ideales y definitivas, hechas de encargo, que no varíen ni con la luna ni con las mareas, eso sería insoportable.