PARECE una metáfora que, cuando Carlos y Camilla anuncian su boda, la torre Windsor se consuma en las llamas, tras horas de agonía. C&C consumidos en su agonía han decidido que ya era hora de formar un hogar en común «oficial», porque en común llevan cohabitando 30 años en ese «matrimonio de tres» que condujo al túnel a Lady Di. Ahora que los príncipes pueden casarse por lo civil con un arzobispo que oficiará un responso en una no-boda religiosa; ahora, el lenguaje se tsunamiza ante una necesidad siempre eterna: nombrar lo que nos rodea, aunque sea un «nonsense», como vislumbró Lewis Carroll. Ahora toca nombrar otras realidades. ¿Cómo llamar a una boda civil con «servicio religioso»? Lo de Ronaldo ya es una no-boda, porque así hemos denominado a la posibilidad de casarse sin casarse, en un chantilly de mentiras. Los hablantes ya hemos dado nuestra primera palabra, «no-boda» y «boda falsa» son las expresiones que han triunfado para definir lo que Ronaldo y su no-mujer decidieron ayer, convirtiéndose en unos sin papeles con «bendición». Es ahora también cuando se plantea la definición de matrimonio, porque la actual se desdibuja como el gato de Cheshire. Dicen en la Academia que, si el uso de «matrimonio gay» triunfa, entonces cambiarán la definición. Hoy ya existen las no-bodas, los matrimonios gais, y las bodas civiles-religiosas. Un día después de San Valentín: «Nada es la rosa sino su nombre».