05 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

VIVIMOS de imágenes. Hace años nos reíamos de los grupos de turistas japoneses que hacían fotos de todo, todos de lo mismo, y ahora, ya ven. Las cámaras digitales están por todas partes, son nuestra última prótesis. Los padres se pasan el día filmando al bebé, lo rico que está, y mientras «visionan» al niño digital, el niño real se ha cagado hace media hora y mañana tendrá el culito irritado. Lo mismo pasa en los viajes, o sea, el turismo. Te enseñan las fotos del viaje, la parejita frente al monumento, y la parejita ya no sabe si es Bélgica o es Rumanía. Desde detrás del visor, uno se pone en otra dimensión: en ese futuro certero en el que tendrás que explicar dónde era la foto, así que el país que te acoge sigue su curso sin que tú te acompases a su peculiar marcha. Tan pesados y caros son los trámites turísticos, y tan difícil identificar después las fotos, que ha salido una empresa que te falsifica el viaje, y las fotos con monumentos, a donde tú les digas, mientras te ocultan quince o veinte días en una pensión de la serranía de Cuenca. Eso sí que es relax. La verdad, sólo conozco un caso en que la cámara sirvió para acercarse al país. En los jardines del Paseo del Parque, en Málaga, vimos a un moreno saltar como un corzo con una cámara en la mano. Detras de él, al cabo de un minuto, llegó un enrojecido nórdico. «Desir ¡agua, agua!, y correr», comentaba. Se quedó sin cámara y sin trofeos, pero obtuvo una inmersión en la cultura marginal andalusí y su jerga gremial. Que no es poco.