El templo del enoturismo en Galicia es un pequeño hotel enclavado en el corazón de la patria del albariño. En Novavila todo es sorprendente.
28 jul 2010 . Actualizado a las 02:37 h.El calor es insoportable. Mientras el mercurio de los termómetros amenaza en las Rías Baixas con una fuga por todo lo alto, la manada se echa a la carretera para soportar una jornada durísima de playa. La simple mención a la arena y al mar, la perspectiva de comerse un señor atasco en busca de un lugar al sol en el que extender la toalla, resulta espantosa. Afortunadamente, los veranos al sur ofrecen bastante más que un mogollón de humanidad sudorosa ansiosa por gustarse en la misma orilla. En San Tomé de Nogueira (Meis) una antigua casona construida en 1775 se ha convertido en el templo gallego del turismo vinculado al vino. La visita promete experiencias refrescantes muy alejadas del bronceado y otros cautiverios estivales de parecido pelaje. La primera impresión confirma que esto ha sido un acierto. Oír caer una cortina de agua sobre una fuente suena a regalo que hay que saber aprovechar. Paseos entre carballos y loureiros, hortensias de todos los colores, verdes y sombras bajo los que cobijarse y una vegetación exuberante conjuran el fantasma del infierno que hoy debe de arder en cualquier arenal del país. Esto es, en fin, Novavila. El hotel es el resultado de las dos pasiones a las que la familia Vilanova Peña ha dedicado sus mejores esfuerzos: la cultura del vino y la decoración. José Luis Vilanova, que ejerce como guía, explica que cualquier elemento, cualquier mueble, el mínimo detalle, tienen nombres y apellidos. Antonio Miró, José Antonio Gandía, Harry Bertoia, José Manuel Ferrero o Tusquets son algunos de ellos. «Para mí los diseñadores industriales son los artistas del siglo XX y del siglo XXI», explica José Luis, que se entusiasma con facilidad y vocación en cuanto comienza a conversar sobre lo que le gusta. Los amantes del diseño encontrarán aquí un verdadero reto, tratando de identificar piezas y piezas que, además, también pueden adquirir si pueden y les apetece. «Hemos vendido incluso los colchones», recuerda entre risas nuestro cicerone. Pero si algo es importante en este lugar, eso es sin duda el vino. O Salnés es el corazón del albariño. El hotel dispone de su propia bodega, en la que se elabora un caldo fresco y muy poco manipulado. Dicen quienes saben de esto que conviene decantarlo y dejar que se oxigene antes de degustarlo. Su etiqueta se extiende a una línea de productos cosméticos que un laboratorio del ramo ha desarrollado para Novavila sobre la base del bagazo de uva tinta. Baños de vino, esencias, exfoliantes, aceites de masaje e incluso la primera vela al aroma de albariño han surgido de la reflexión en torno a la materia universal que crece en los emparrados de O Salnés. El vino lo empapa todo. Desde los colores de las habitaciones hasta los prototipos de una colección de mobiliario ideada por José Luis y su mujer, Verónica, que incluye un taburete inspirado en un corcho. Hoy el bullicio ha tomado estos rincones. Un equipo de grabación se afana en el rodaje de un spot para Hijos de Rivera. No se trata de cerveza, sino del inminente lanzamiento de una etiqueta de agua con gas. Parece que se llamará Magma y por aquí andan, apadrinándola, primeros espadas de los fogones como Pepe Solla, Xoán Cannas y Pedro Larumbe. El líquido elemento no está mal, para qué negarlo, pero apetece bastante más descorchar un albariño de la casa. Entre unas cosas y otras, el sol comienza a caer tras las viñas. ¿Calor? ¿Qué calor?