Viaje hacia el último rayo de sol

SOCIEDAD

Indios, canadienses, austríacos, franceses y españoles, entre otras nacionalidades, embarcan en Fisterra para adentrarse en el crepúsculo más occidental y místico de Europa

21 jul 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Pocas localidades hay en Galicia que reúnan a tanto extranjero por metro cuadrado como Fisterra. Muchos de los que llegan al lugar conocido por los romanos como el fin del mundo lo hacen por ser la última etapa del Camino de Santiago. El kilómetro cero del faro de Fisterra es uno de los lugares más concurridos, pero nadie se va sin ver una puesta de sol en el punto más occidental de Europa. Allí no es difícil oír hablar alemán, italiano, coreano o inglés.

Muchos peregrinos y turistas acuden a este punto a última hora de la tarde para deleitarse con el que es, sin duda, uno de los lugares más bellos de Galicia. Pero hay otra forma de ver este maravilloso espectáculo de la naturaleza. A bordo del María Elena, Oliver Moure de Cruceros Fisterra, te guía hacia el último rayo de sol.

Es una travesía llena de historias. Como la de Chandra, acompañado por su mujer Sita y sus dos hijos pequeños, Dhwani y Dhrub. Fue en Google y en los blogs que circulan por Internet donde oyó hablar de este sitio mágico. Quería un destino en España alejado de las aglomeraciones y qué mejor lugar que Fisterra para ello. Aquí Chandra disfrutó de cinco días maravillosos: «Super!», así describe su experiencia. De la Costa da Morte se queda con sus playas y paisajes, pero también con su gastronomía, algo que nunca pasa desapercibido para los visitantes. Y, sobre todo, con sus puestas de sol.

Tras la huella de Man

Lo de Jean Laffitte y Bibi con esta esquina del mundo ha sido amor a primera vista. Llegaron de Toulouse a la Costa da Morte interesados por el trabajo que Manfred Gnädinger, conocido como Man o El alemán de Camelle, había realizado. Pero cuando llegaron ,descubrieron algo mucho más interesante para ellos: el escenario perfecto para vivir el amor que ambos se profesan.

Ahora ya no hay nada que les mueva de esta tierra: «Tenemos el mar, la montaña, el campo, ¿qué más queremos?», asegura Jean, en un español casi perfecto. A Bibi, en cambio, le fascina el carácter de la gente de esta zona, pero, sobre todo, su amabilidad: «Las mujeres son muy fuertes. Me cuentan que antes los hombres pasaban muchos meses fuera en el mar y ellas llevaban todo solas. Algunos, incluso no regresaban. Es increíble la fuerza que tienen. La gente es muy sencilla aquí y eso me gusta, pero también me da mucha pena que los jóvenes se tengan que ir a otros países a buscar trabajo. Es terrible», comenta Bibi con ese deje francés tan característico.

En medio de este crisol de nacionalidades -se encuentran también a bordo una familia austríaca y unos canadienses- aparece Marisa, burgalesa de nacimiento pero gallega de corazón. Llegó a la Costa da Morte hace años, de vacaciones, y desde entonces supo que este era su sitio, que había algo que la aferraba a esta tierra con tanto empeño que no sabía explicar bien qué era.

Encontrar la felicidad

Su pasión por esta zona le ha llevado a establecer un hotelito en pleno centro urbano: «Se llama el Hotel do Banco Azul y aquí soy feliz. Este es mi sitio», asegura casi emocionada esta mujer.

Así transcurrió la travesía, en agradable compañía, empanada gallega, un vaso de vino y una buena manta que la tripulación del María Elena ofrece gustosa a todo aquel se embarca en esta travesía casi mística. El marco es incomparable, tras girar el faro de Fisterra solo quedaba nel océano y los últimos rayos de sol del continente, que se despiden de esta parte del mundo tan solo por unas horas.

El regreso a Fisterra fue tranquilo, en paz, casi en silencio. Costaba levantar la voz por temor a interrumpir el momento, mientras en el hilo musical del María Elena sonaban los versos de Rosalía de Castro.